Versalles: El último destello del rey


El Castillo de Versalles fue el último lugar donde habitaron los reyes de Francia antes de caer al filo de la revolución liderada por Napoleón Bonaparte. Aquel movimiento derrocó un régimen que privilegiaba sin límites a la familia real mientras el ciudadano común se hundía en la miseria. Pero no es sino visitando Versalles que uno comprende los excesos que alcanzó aquella postrera monarquía. El Castillo, sus 700 habitaciones, las 800 hectáreas de jardín, las miles de obras de arte, sus 55 estanques y fuentes, y aquella decena de casas de campo: parece imposible concebir un lugar más ostentoso donde pasarse la vida. Mirando semejante monumento a la prepotencia y al lujo, es fácil imaginar la indignación de los más pobres de la sociedad ante una clase dominante que se regodeaba en la abundancia, ocupando un aposento tan grande y con tantas recámaras, que parecería absurdo suponer que las hubiesen conocido todas.

Patio exterior del Castillo. JOHAN RAMÍREZ

La visita comienza en un patio muy amplio en el que, dependiendo de la temporada, será necesario hacer una larguísima fila para ingresar. Una vez adentro la propia multitud le irá guiando el recorrido, primero por salas más sencillas —si se le puede llamar “sencillo” a un lugar de 150 mts² y elevadas paredes como muros de iglesia cubiertas de cuadros enormes y techos adornados con frescos de museo—; pero es que a decir verdad, son modestos en comparación con las impresionantes galerías que se encuentran más adelante, como la más famosa de todas: la Galería de los Espejos.

Galería de los Espejos. JOHAN RAMÍREZ

Sin duda ella es el centro de atención del paseo. Tiene una longitud de 73 metros de largo por 10,5 de ancho, y cuenta con 17 ventanas del costado exterior que reflejan su luz contra 357 espejos dispuestos en la pared opuesta. Fue construida entre 1678 y 1684 por el arquitecto Jules Hardouin, importante urbanista de la época quien, entre otras obras notables, se lleva los créditos por la construcción de la hermosa Place Vendôme de París.

Se debe resaltar que, en su momento, la Galería de los Espejos causó un impacto inigualable pues entonces tener un espejo era considerado un lujo desmedido. Hay que imaginar pues lo que significaba estar en un lugar que tenía, nada menos, que 357. Entre las otras paredes y el techo se cuentan más de mil metros de pinturas del artista Charles Le Brun, en los que está representado el reinado de Luis XIV, quien ordenó la ejecución de la obra. Originalmente había muchas estatuas, esculturas y bustos de mármol a lo largo de la sala, pero lamentablemente muchas de estas piezas desaparecieron durante la Revolución. Algunas se han repuesto, otras definitivamente se extraviaron.

Pero no es sólo admiración por el lujo lo que produce la Galería de los Espejos, sino respeto por la historia. Y es que ese lugar sirvió como escenario de magníficos acontecimientos del pasado: una audiencia oficial con el Dogo de Génova, otra con el Sah de Persia, y un encuentro famoso entre Luis XV y Mahmud I, rey de Turquía. Aquí contrajeron nupcias el Delfín Luis —posteriormente Rey Luis XVI— y la princesa María Antonieta de Austria, y dos siglos después, ya en la historia contemporánea, el general Charles de Gaulle ofreció una recepción de gala en honor del presidente John F. Kennedy y su esposa Jackie. Aquí mismo se declaró la creación del Imperio Alemán en 1871, y luego, en 1919, se firmó el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial.

De asombro en asombro

Pasando la Galería de los Espejos se encuentran muchas más salas, algunas destinadas para visitas oficiales, otras como transitorias estancias de espera. Así, finalmente se encuentra la Galería de los Personajes, un salón enorme repleto de retratos donde se honra a los más destacados hombres que marcaron la historia de Francia. Entre ellos, para inflarnos el pecho de orgullo y llenarnos de lágrimas los ojos, aparece el más universal de todos los caraqueños, el Generalísimo Francisco de Miranda.

El paseo continúa y así llegamos hasta los aposentos reales, la habitación del rey y de la reina, curiosamente separados el uno del otro. Esto es así pues no dormían juntos todo el tiempo. Al contrario, eventualmente y de común acuerdo decidían compartir las sábanas. Entonces, una vez consumada la unión, cada uno volvía a su propia alcoba hasta nuevo aviso.

Las recámaras no son menos sorprendentes, con largas columnas que salen de cada esquina de la cama y sostienen en alto toda clase de velos, mosquiteros y cortinas, con cabeceras doradas y tocados de plumas. Y a los pies del lecho, una decena de sillas estaba destinada para los servidores, quienes allí aguardaban a que el amo despertara para asistirlo en sus labores cotidianas.

El comedor, minuciosamente servido, muestra una variedad deslumbrante de cubiertos y vajilla, tazas, vasos, copas, jarras, servilletas, candelabros, todo preparado como si alguien esperara al mismísimo rey para la cena de esa noche. Los espejos yacen por todos lados, al igual que las ventanas, que además de llenar de luz el espacio, lo abren hacia el verdor exterior: los espléndidos jardines, casi tan —o más— espectaculares que el propio castillo.

Al aire libre

A las orillas del estanque central. JOHAN RAMÍREZ

Los bosques de Versalles son quizá la muestra más fiel de lo que suele llamarse un jardín francés. El césped está perfectamente podado, los árboles modelados con distintas formas, un millar de flores organizadas en tal armonía que aquello conmueve. Un estanque muy grande define el diseño del parque, lo que origina una explanada maravillosa y fotogénica. Fuentes de la época se encuentran a cada tanto a lo largo de las rutas peatonales, mientras una instalación gigantesca y redonda, más impresionante que todas las demás, corona el centro del jardín. Los detalles de ésta, los animales  de bronce expulsando agua por las fauces, los hombres mitológicos tratando de domar las fieras entre la gracia de cien chorros y el rumor de su caída son francamente alucinantes.

Grupos y parejas se deleitan bajo cualquier sombra a mitad de un picnic y una botella de vino, mientras los niños juegan entre la fantástica vegetación. A ciertas horas del día se ofrece a través de los altoparlantes internos un concierto de música clásica, y cada noche de fin de semana una fiesta de fuegos artificiales ilumina el cielo como si celebraran en Francia una nueva toma de La Bastilla.

Atardecer en el estanque central. JOHAN RAMÍREZ

Por si fuera poco

Pero no cabe duda de que visitar Versalles es mucho más que recorrer el Castillo y los jardines. Por insólito que parezca —y he aquí una muestra adicional de los excesos de la monarquía—, existe otra serie de edificios de ensueño en los que también fluía la vida de los reyes. Entre ellos está el Gran Trianón, una construcción que Luis XIV mandó a hacer para poder escaparse de los agites de la corte. También está el Pequeño Trianón, originalmente levantado para albergar un zoológico, un jardín, una escuela botánica y un invernadero.

Por último, cuando parece que la visita ha terminado, emergen los Dominios de María Antonieta para dejarnos boquiabiertos. Se trata de las áreas de esparcimiento donde la reina solía ahogar sus ratos de ocio. Para ello, alrededor del Gran Lago se mandó a construir una suerte de aldea, una serie de casitas de campo, como un pueblo de juguete tamaño natural. Explican los guías del complejo que en aquella época, cuando María Antonieta quería jugar a la granjita, ordenaba sacar todos los animales e incluso hacía que sus sirvientes se vistieran y actuaran como agricultores, y ella se deleitaba con el montaje como una niña con su casa de muñecas.

Dominios de María Antonieta 4. JOHAN RAMÍREZ

También en estos aposentos se puede contemplar el mobiliario de la época, las habitaciones intactas e incluso las cocinas con sus hornos y ollas del pasado.

Visitar Versalles requiere cuando menos un día entero, donde no saldrá de un larguísimo asombro ante la belleza de esta magnífica construcción que hoy es testimonio histórico del suntuoso estilo de vida de la antigua monarquía francesa. El Castillo fue uno de los detonantes de la Revolución, el colmo de los excesos. Entonces Napoleón asumió el poder, destruyó todo cuanto recordaba a los reyes, y se alzó como la nueva esperanza del pueblo. No tardó, sin embargo, en superar algunas de aquellas excentricidades contra las que había luchado. Tanto así que al cabo de algún tiempo organizó toda una parafernalia en Notre Dame, y allí él mismo, al estilo de los grandes o de los locos, se autoproclamó ante el mundo no como rey —esa figura le quedaba pequeña—, sino como Emperador de los Franceses.

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