Varsovia: Veterana de guerra


Llegué a Polonia a las 5:30 de la mañana de un martes. Venía de Lituania, agotado, tumbado largo a largo en la última hilera de puestos de un autobús. Apenas me incorporé entreabrí las cortinas de la ventana y miré afuera: ¿China?, pensé. Sí, esa fue la primera impresión que me dio esta urbe, moderna, llena de neón y con alguna autopista veloz alzándose a varias decenas de metros sobre el suelo, como una suerte de elevado por donde pasaban a toda carrera algunos autos de lujo. Descendí de la unidad y me abofeteó el frío implacable de finales de septiembre. De inmediato corrí a refugiarme en la Estación Central, que a esa hora parecía un albergue de beneficencia, pues era como si todos los pasajeros de todos los buses de todo el mundo estuvieran allí dentro, mendigando el calor de los espacios cerrados. Entonces di un par de vueltas en la terminal, me recosté de alguna pared, y finalmente sucumbí al sueño en un pedazo de suelo junto a una tendereta de húngaros.

Tres horas después desperté. El día brillaba en el exterior; me levanté, me sacudí y salí a la calle. El frío, en tanto, seguía allí, como aferrándose a los postes y a los bancos de la calzada para no dar espacio a que el sol se sentase. No obstante, el agite de la multitud que marchaba de prisa, los hombres de corbata y las damas de taller, me impulsó a unirme al rebaño. Caminé entre ellos, me hice uno con semejante tropel de polacos. Pronto toda somnolencia se había marchado, el frío se disipó, los sentidos se alertaron, y comenzó la sorpresa: ¡Mira! ¡El Palacio de la Cultura!

Eran las 9 a.m. y estaba listo para devorarme Varsovia.

Palacio de la Cultura y de la Ciencia 2. JOHAN RAMÍREZ

Un regalo de Stalin

A tan sólo doscientos metros de la Estación Central se alza el gigantesco Palacio de la Cultura y de la Ciencia, una construcción sólida, gruesa, 231 metros de concreto, el edificio más alto de la ciudad, visible desde cualquier esquina, con 3.000 salones en su interior y una terraza en el piso 30 desde donde se aprecia Varsovia como nunca. Más arriba se eleva la torre de reloj más alta del mundo, con agujas enormes y una pantalla de seis metros de diámetro. Este ícono de la capital polaca no es sin embargo una obra del estado sino un regalo personal —así como suena— que le hizo Stalin a Polonia en nombre de la Unión Soviética que entonces gobernaba. Junto a la magnánima estructura, uno se siente diminuto.

La referencia de todo paseo en Varsovia es la Krakowskie Przedmiešcie, impronunciable avenida que tiene plantados, a lado y lado, los edificios más hermosos de la ciudad. Ninguno supera los cuatro pisos, son coloridos, con sus ventanas blancas, típicas europeas, con aceras amplias que sirven al mismo tiempo como terrazas para restaurantes, a la sombra de algunos árboles sembrados en paralelo a la hilera de postes que cada noche ilumina la ruta convirtiéndola en una excusa fácil para el romance.

Plaza central del Old Town de Varsovia. JOHAN RAMÍREZ

No obstante, es innegable que en este lugar falta el aroma de los siglos, se nota que las construcciones, aunque lucen antiguas, son nuevas. Y es que Varsovia fue destruida durante los días más atroces de la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo diez por ciento del casco histórico quedó en pie. Lo demás fue arrasado por la barbarie. Pero una vez hubo retornado la cordura, se impuso la voluntad política y humana, y siguiendo planos originales de la ciudad y —¡tanto más impresionante!— copiando las pinturas del maestro Canaletto, los polacos lograron la restauración total de la urbe, una obra asombrosa que evidencia lo que un país es capaz de hacer cuando se juntan los recursos y la inteligencia con el deseo de marchar hacia adelante.

El corazón de la urbe

En Varsovia, a diferencia de buena parte de Europa del Este, abundan los templos católicos, clara influencia del Papa Juan Pablo II, quien nació en este país y cuyo rostro se repite en fotografías, placas y bustos conmemorativos por toda la ciudad. A mitad de aquella misma avenida —la innombrable— entré a Iglesia de la Santa Cruz, bonita, normal, pero con un monumento de mármol en su interior que le otorga una enorme relevancia. En lo alto está tallada la cara de un hombre de cabello corto y nariz romana, y bajo él un pasaje bíblico escrito en polaco e inglés que reza: “Donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón”. Seguidamente una conmovedora inscripción nos eriza la piel: “Aquí descansa el corazón de Frédéric Chopin”.

El ilustre compositor es un auténtico héroe nacional: hay calles y centros de cultura bautizados en su honor, estatuas en los parques que lo celebran, un museo dedicado a su vida, y hasta el aeropuerto internacional que sirve la ciudad lleva su nombre. En pleno centro de Varsovia se ha trazado un recorrido de banquetas interactivas en las que uno puede sentarse, presionar un botón y escuchar algunas de sus piezas, o leer notas de su biografía, para luego ir hasta el otro banco, y otro, y así completar el recorrido que en conjunto va relatando algunos momentos de la vida del magnífico pianista.

Reconstruida

Siguiendo la Krakowskie Przedmiešcie se llega al Old Town de la ciudad, fundado en el siglo XIII. Tomando el cruce hacia la avenida Królewska se encuentra el parque Ogród Saski, de rutas peatonales muy frescas gracias a la frondosa vegetación, y con un memorial por los caídos en la Segunda Guerra Mundial donde sin excepción hacen guardia dos soldados y flamea un fuego eterno.

Por las noches Varsovia es mágica. La urbe se ilumina de forma admirable, los edificios, las calles empedradas, los restaurantes llenos de risa y vino, las iglesias abiertas hasta tarde, el Palacio Real reluciente, los restos de una remota muralla convertidos en paseos que promueven la conversación distendida y el beso incontenible.

Plaza del Mercado en la noche. JOHAN RAMÍREZ

La Plaza del Mercado es fantástica, rodeada de cafés y activa aún en la madrugada, con una sirena de bronce en el medio y hacia un costado una dolorosa fotografía que muestra el estado del mismo lugar durante la guerra: nada más que un reguero de escombros. Pero hoy, reconstruida hasta en los mínimos detalles, es radiante, hermosa, Patrimonio Cultural de la Humanidad declarado por la Unesco en 1980.

Tan especiales son las noches en Varsovia que llegué a considerar seriamente la posibilidad de no dormir para seguir caminando hasta el amanecer. Sólo el frío de las tres de la mañana y la idea de mi cama caliente y una gruesa colcha me convencieron de buscar el camino de regreso al hotel: sabia decisión.

Baño de lujo

Un paseo que puede hacerse de día es caminar por las orillas del río Vístula y relajarse con la visión calma del agua y el revoloteo de sus gaviotas. Eso sí, luce algo desolado si se compara sobre todo con los márgenes del Támesis en Londres, o del Sena en París o del Tíber en Roma. Aquí, en cambio, sólo hay largas rutas interrumpidas por un par de puentes que unen ambos bordes del cauce. A lo lejos, en dirección al este se observa el moderno estadio Narodowy, sede de la Eurocopa de Fútbol 2012 que se disputó entre los vecinos Polonia y Ucrania.

Estadio Narodowy, sede de la Eurocopa 2012. JOHAN RAMÍREZ

Por otra parte, yendo hacia el sur de la ciudad se encuentra el Lazienki Królewskie, un portentoso Palacio con sus jardines soñados, uno de los más hermosos de Europa del Este. Fundado en el siglo XVII, sus espesos bosques albergaron un zoológico donde el rey de turno solía salir de cacería. No fue sino el último monarca que tuvo Polonia quien decidió hacer de este sitio el jardín más espectacular del país, bautizándole con el enrevesado nombre que hoy lleva, que traducido al español sería algo como “Las tinas reales”. La bizarra denominación obedece la opulencia con que se construyeron los baños del palacio, con unas tinas extraordinariamente suntuosas donde el rey solía venir a bañarse. Aquello no sólo era una excentricidad en la época, sino una muestra desproporcionada de lujo.

Jardines y estanque del Lazienki Królewskie. JOHAN RAMÍREZ

Otra de las atracciones del parque es el monumento a Chopin, en cuya base hay un gran piano donde, durante el verano, se ofrecen conciertos todos los domingos por la tarde, uno de los momentos predilectos de los habitantes de Varsovia, ineludible cita para todo viajero que tenga la fortuna de visitar la urbe durante esa época del año.

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