Mi salto en paracaídas


Éramos unos condenados a muerte.

Subimos a un avión con un destino ineludible. No descenderíamos de él de la manera tradicional, con una maleta en la mano y bajando una escalera de metal. Al contrario, al cabo de unos quince minutos, cuando la aeronave alcanzara los catorce mil pies de altura (cuatro mil metros, aproximadamente), cometeríamos una locura inolvidable, tal vez lo más estúpido que se pueda hacer en la vida, aunque también una de las experiencia más electrizantes que se puedan vivir para contar. Atado a un perfecto desconocido, confiando en sus habilidades en el aire, me pararía en la puerta del avión, y sin pensarlo dos veces, retaría el destino: saltaríamos al vacío. Por primera vez en mi vida sentiría la emoción de la caída libre, la adrenalina de viajar a doscientos kilómetros por hora sin otra esperanza que el buen funcionamiento de aquel paracaídas que ni siquiera yo llevaba, sino que estaba sujeto a la espalda de Jerry, el potencial compañero de mi último segundo.

Así, tras una semana de emoción y nerviosismo, subí por fin al avión aquel sábado por la tarde. Junto a mí, también atado a alguien más, otro neófito saltaría. Se veía notablemente más asustado que yo. El resto del grupo era una veintena de paracaidistas de larga data, acostumbrados todos a este deporte de locos.

Despegamos. Subimos, subimos, subimos. Atravesamos la capa de las nubes, y se abrió ante nosotros el típico paisaje que se divisa desde los vuelos trasatlánticos. Abajo, una espesura blanca como gigantescas palomitas de maíz, arriba, un cielo límpido que derrocha azules contra el sol radiante. Sólo que esta vez no iba abrochado a una cómoda poltrona, ni degustaba un plato caliente con un vino tinto. Estaba sentado en el piso, pensando cómo es que había terminado metido en esta pauta demencial, mientras contaba los minutos para perder la cabeza. En esas andaba cuando llegó la orden inclemente: los altímetros marcaron los catorce mil pies, y uno a uno, los tripulantes fueron poniéndose de pie, iban hasta la puerta del avión, y luego desaparecían en un segundo. Yo era el último, para colmo de males. De modo que los vi despedirse uno a uno, antes de salir volando como una mota de polvo. Saltó el asustado neófito, y así llegó mi turno.

Jerry y yo caminamos hacia la puerta. No había vuelta atrás. Una emoción indescriptible me invadió. Yo mismo me alentaba a hacerlo, comenzando a sentirme más cómodo que antes. Llegamos al borde, miré hacia abajo, la vista se perdía y entre las nubecitas se abrían claros en los que se distinguía la tierra lejana, los galpones de la pista de la que habíamos despegado, antes enormes parqueaderos de aeronaves, ahora parecían diminutas cajas de fósforos. Pero ya no había tiempo para segundas consideraciones ni dudas de último momento: lo hice.

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Los próximos cinco segundos fueron de una confusión impresionante. Mis pies dejaron la solidez del avión, y de pronto me hallé en el aire, indetenible, mirando cómo nos alejábamos de la aeronave a una velocidad inverosímil. “Saltamos”, pensé… nada era más evidente. Entonces nos volteamos, y quedamos de cara a la tierra, tan cerca y tan lejos de ella… abrí los brazos y tuve la impresión de que casi podía abarcar el mundo entero en ese momento. El nerviosismo se había marchado, dando paso a la emoción, la adrenalina en bruto, y una hermosa sensación de plenitud física. Parece mentira: tan cerca que estaba de morir, y tan vivo que me sentía.

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Los estímulos venían de todos lados. El frío viento parecía penetrar por los poros. Abrir la boca era sentir el extraño sabor de las nubes. Olía a agua, aunque siempre me enseñaron que el agua es inodora. La vista no alcanzaba a contemplar tantas imágenes a la vez, todas tan vertiginosas, y el estruendo de un derrumbe estallaba en mis oídos: era mi cuerpo cortando el viento más rápido de lo que nunca antes me había movido en la vida.

Me sentía como un misil, mas con la certeza de aproximarme a la tierra más vulnerable que nunca. Vi a mi alrededor y allí apareció otro paracaidista volando junto a nosotros. Parecía que jugaba a ser Superman, desplazándose de un lado a otro, dominando su cuerpo en aquel entorno irreal. De pronto se puso de cabeza, y comenzó a girar a nuestro alrededor. Era alucinante. Increíble.

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Seguimos descendiendo y aquel minuto se volvió una dichosa eternidad; y ojalá lo hubiera sido de veras: la sensación de libertad que se experimenta en ese momento es pocas veces repetible en la vida.

Nos acercábamos al piso de nubes. Yo gritaba, drenando el estrés de la vida diaria, comprendiendo por fin el verdadero sentido de la fuerza de gravedad, y soñando desde ya con seguir saltando para siempre.

Dos metros más abajo, cayendo en paralelo con nosotros, un tercer paracaidista se las ingeniaba para grabar el vídeo de mi salto y hacer fotografías al mismo tiempo. Parecía reposar sobre una alfombra voladora, acostado boca arriba, siempre a la misma distancia aunque nos precipitábamos violentamente.

Tras aquellos sempiternos sesenta segundos, Jerry miró su altímetro, hizo unas señas a los dos paracaidistas que estaban alrededor nuestro, y estos se alejaron prudencialmente. Mi compañero se despidió de la cámara con una morisqueta, y haló el cordón para liberar el paracaídas. La caída libre concluyó con un violento tirón, nuestros cuerpos se frenaron en el acto, y la prisa de los momentos anteriores dio lugar a un apacible descenso al estilo Mary Poppins.

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Sin embargo, en medio de aquella paz repentina, la adrenalina seguía presente. Desde lo alto divisamos la hermosa costa de Higuerote, sus edificios a orilla de la playa, y las minúsculas personas que transitaban las calles como hormigas, ajenas a la gran aventura que yo acababa de vivir.

Nos fuimos acercando a la pista de aterrizaje del aeropuerto. Mis oídos estaban completamente bloqueados. Mis manos eran témpanos de hielo. Mi corazón latía desbocado. Y yo no quería llegar tan pronto, quería seguir volando, regresar al avión y saltar de nuevo.

Por fin pisamos tierra. Y fue allí, de nuevo sobre la solidez del piso, cuando me percaté de que el paracaídas sí había abierto correctamente. Aquel temor había desaparecido cuando me paré en la puerta del avión. Y ahora allí, festejando el éxito de mi crónica, comprendí de pronto que acabábamos de vencer las leyes de la naturaleza. Le habíamos ganado a la omnipresente gravedad, habíamos saltado desde un avión en vuelo, a una altura exorbitante (superior a trece veces la Torre Eiffel, o nueve veces las Torres Petronas). Habíamos pues, saltado desde cuatro mil metros de altura, condenados a una muerte segura, y ni siquiera habíamos sufrido un rasguño. Sino todo lo contrario, estábamos vivos y felices.

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Entonces una certeza me invadió. Fue una conclusión casi mística, hasta atemorizante, que me dio la impresión de que alguien invisible me mirara impotente con su guadaña sobre el hombro. Entonces pensé, con toda razón, que al menos aquella tarde, o quizá por un par de horas más, con toda seguridad habíamos burlado la emboscada de la muerte.

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