La vuelta al Sur en 60 días: Brasil


En Puerto Iguazú crucé la frontera y entonces llegué a Foz do Iguaҫu, primera ciudad brasileña. Allí solo deambulé un poco por las callejuelas de la ciudad, mientras esperaba que se hiciera la hora de tomar mi bus en dirección a São Paulo.

São Paulo nos recibió con un atasco al estilo de Caracas, embotellamiento cerrado en una autopista muy similar a nuestra Francisco Fajardo. El clima se hizo cálido otra vez, que para uno que viene del Caribe es algo que lo hace sentir en casa: ya extrañaba los 25° C. Acá pasé cuatro días, todos dedicados a caminar desde temprano.

Miranda en la Paulista

Primero fui a la simbólica Av. Paulista, ícono de la ciudad. Es larga y repleta de moderna arquitectura. A lo lejos vi una figura conocida que me llenó de orgullo: una estatua de Francisco de Miranda desenvainando su espada se eleva a mitad de la avenida. Gran honor para este prócer, el guerrero, el políglota, el enamorado, el más universal de todos los caraqueños.

Miranda en la Av. Paulista. JOHAN RAMÍREZ

En São Paulo también visité la Av. 7 de abril, las Galerías Sagé (12 pisos repletos de tiendas de tecnología), la Bolsa de Valores, el Banco do Brasil, la Plaza de la República, el Teatro Municipal, el Parque Ibirapuera. A todas estas, el Metro fue un gran compañero.

Una mañana lo tomé como a las 7:30 am. ¡Craso error! La gente, literalmente, se cae a puñetazos para entrar, y no es necesario sostenerse de ningún lado, pues es tal el aprisionamiento que es imposible moverse ni aun cuando el tren frena de golpe.

Maracaná… qué bonito é!

Luego de São Paulo fui a Río de Janeiro. Esta ciudad es fascinante, maravillosa, donde el pálpito urbano se siente en cada calle, en cada edificio, en cada persona. Aquí hay varios lugares obligados para conocer. Entre ellos, el que fuera alguna vez el estadio “mais grande do mundo”: Maracaná, qué bonito é!

En la entrada hay un lobby conocido como “Los pies de la fama”, donde han marcado sus pies los más grandes futbolistas que han jugado en este estadio, desde Pelé hasta Ronaldinho. Tras la típica visita guiada bajamos a pisar el gramado. La experiencia me dejó con ganas de más, y tres días después regresé para ver un partido del campeonato carioca: Botafogo-Fluminense.

En Río parece que nunca se acaban las opciones. Sus playas son fantásticas. Frías, eso sí, pero deliciosas. Copacabana, Ipanema… sencillamente inolvidables.

Maravilla redentora

Otro lugar único es el célebre Cristo de Corcovado, una de las 7 Maravillas Modernas del Mundo. Se sube en una suerte de tren hasta la cima del morro donde está, con sus brazos extendidos como bendiciéndonos a todos, el imponente Redentor. A sus pies decenas de turistas por minuto batallan por tomarse la clásica fotografía. Y uno allí, contagiado por la emoción, no puede sino caer en la tentación de también ir a pelearse por un espacio para la imagen.

Cristo Corcovado, Río de Janeiro 2. JOHAN RAMÍREZ

Y más abajo, silente y magnífica, se extiende la bella ciudad, sus amplias costas, sus grandes edificios, la redondez del Maracaná, las luces del Sambódromo, el Pan de Azúcar… y uno suspira: “Río”, y provoca quedarse.

La más bella

Aunque quedé enamorado de Río, debí proseguir el viaje. Entonces me fui a Belo Horizonte. Un fin de semana para recorrer esta pequeña ciudad, tranquila y apacible. La Plaza Principal, la Iglesia de San Francisco (obra de Niemeyer), el estadio de Minas y el Mercado son los atractivos de este bonito lugar.

El próximo destino era Brasilia, la hermosa capital. Desde el punto de vista arquitectónico, reconozco que fue ésta la ciudad más hermosa que conocí en la Travesía. Concebida desde cero hace apenas sesenta años, fue fundada en el medio de la selva en cumplimiento de la promesa electoral de Juscelino Kubitschek. Al construirse, la urbe fue declarada capital de la República para albergar los poderes del Estado y contribuir a la descentralización. Hoy, dos millones de personas viven acá, en un paraíso urbano en el que Oscar Niemeyer, si así pudiera decirse, fungió como Creador.

Brasilia fue diseñada casi completamente por este arquitecto. Destacan los edificios de la Explanada de los Ministerios, la Catedral, la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional, la Plaza de los Tres Poderes, el Memorial JK, el Memorial Indígena y, tal vez su obra más representativa, el edificio del Congreso Nacional. Todo acá es una sorpresa y un motivo de admiración.

Johan en el Congreso Nacional

¡Alta traición!

Tenía dos opciones para dejar Brasilia. Por un lado podía subir hasta Manaos por tierra, y aunque la idea me entusiasmaba, solo cumplir el trayecto me tomaría más de cuatro días, a lo cual había que sumar las paradas y un par de días de descanso. Pero el tiempo se me acababa y los recursos económicos también. En avión, en cambio, sólo necesitaría un par de horas. Pero aquello era traicionar las carreteras, la mística y el alma misma de este viaje. Por otro lado, y para ser honesto, viajar en bus representaba un sacrificio tremendo. La decisión fue difícil, pero ni modo:  volé.

En Manaos caminé tanto como pude. Visité el Teatro Amazonas y me tomé dos espumosas en un café frente al lugar. De allí seguí hasta Boa Vista. Venezuela estaba entonces a tan sólo tres horas de distancia y con ella, mis amigos, llegaba la hora de volver. Sellé el pasaporte por última vez y después de todo sonreí, complacido tras haber vivido dos meses inolvidables viajando a través del corazón extraordinario de América del Sur. No era fácil aceptarlo después de todo cuanto había visto durante los últimos sesenta días, pero la verdad era que había llegado la hora de volver, de desempacar mi morral y retomar la vida que había dejado en Caracas. Entonces suspiré y me lo dije a mí mismo, como si le hablara a alguien más a quien quisiera convencer: “Es el fin de la Travesía”.

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