La vuelta al Sur en 60 días: Argentina


Me despedí de Santiago con rumbo a Argentina, el sexto país de este viaje. La primera parada fue en Mendoza, ciudad famosa por sus vinos y sus carnes. Lo que no imaginaba era que en el camino disfrutaría una exposición de paisajes tan insólitos como hermosos, seguramente los más maravillosos que he visto en esta Travesía, ¡y vaya que he visto muchos!

Es que en este recorrido contemplé por última vez la impresionante Cordillera Andina. La había tomado al norte, en Colombia, y ahora me despedía de ella bien al sur, Argentina adentro. Gigantes de roca se elevaban con picos tan agudos como espadas. Algunos mostraban sus cabeceras nevadas y otros dejaban ver los delgados hilos de agua del deshielo.

Pero por allá, en algún punto perdido de la carretera, quedé pasmado admirando una altísima y blanca montaña. Era preciosa. La miraba boquiabierto cuando la señora que iba en el asiento de atrás me tocó en el hombro y me dijo: “Ése es el Aconcagua”, y agregó, por si acaso no lo sabía: “La montaña más alta de Suramérica”. ¡Increíble! ¡Hela allí, la cima del continente!

Más adelante pasamos frente al cementerio de escaladores donde entierran a los montañistas que cada año fallecen en su intento de hacer cumbre.

Aconcagua. JOHAN RAMÍREZ

Con 6,962 metros de altura, el Aconcagua en el pico más alto de Suramérica (Foto Johan Ramírez)

BsAs da para todo

Una vez en Mendoza el tiempo fue justo para dar un paseo por la Plaza de la Independencia, conocer alguna fuente y tomar el bus que salía a Buenos Aires.

Ya en la capital argentina el plan era caminar y caminar. Recorrí la calle Valle y Florida, bonitos bulevares repletos de tiendas; también conocí el C.C. Galerías Pacífico, y por supuesto el Puerto Madero, donde fluye el enorme Río de La Plata.

Las visitas obligadas acá fueron la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la Avenida 9 de Julio y su simbólico Obelisco. También admiré la Floralis Genérica, una maravillosa obra que el arquitecto Eduardo Catalana obsequió a la ciudad. Pero nada como conocer el Museo Nacional de Bellas Artes donde, como en aquella lejana tarde bogotana, me encontré con artistas inmortales: Rubens, Mancini, Goya, Van Gogh, Rembrandt, Picasso y hasta el maestro Jesús Soto. Una obra de Elías Crespín, reconocido artista venezolano, estaba justo frente a la entrada. Este fue un espacio revitalizador.

Las noches en Buenos Aires las caminé hasta tarde. Eras las tres de la mañana y todavía andaba por las calles, algunas desiertas y otras convulsionadas, con autobuses que iban y venían a todos lados como si fuese mediodía.

Floralis Genérica en Buenos Aires. JOHAN RAMÍREZ

La obra Floralis Genérica del artista Eduardo Catalana, en Buenos Aires (Foto Johan Ramírez)

La vuelta

Luego de cuatro días en la capital argentina el itinerario indicaba hacia Puerto Iguazú. Hay dos cosas importantes aquí: uno, visitaría las Cataratas, una de las maravillas naturales más espectaculares de la tierra; dos, con este viaje emprendía el regreso. Desde que había salido de Venezuela ésta sería la primera vez que, en lugar de dirigirme al sur, comenzaría a moverme hacia el norte. Dejaba pues de alejarme de mi Caracas, para reencontrarme con ella.

¡Cataratas!

La ruta Buenos Aires-Iguazú se cubrió en 16 horas. Apenas entré al Parque Nacional, ansioso y emocionado, subí al tren interno que tenía como primera parada la famosa Garganta del Diablo. Ya a lo lejos se oye el murmullo de las aguas, y a medida que uno se acerca aquel tenue rumor se convierte en estallido escalofriante. Antes de mirarla, cerré los ojos para imaginarla por última vez. Al abrirlos, la realidad superaba cien veces mi capacidad creativa. La masa de agua se desparramaba con tal fuerza, con tal potencia y gracia al mismo tiempo, que francamente es difícil poner en palabras lo que a los propios sentidos les cuesta trabajo asimilar.

La Garganta del Diablo. JOHAN RAMÍREZ

La magnífica Garganta del Diablo (Foto Johan Ramírez)

Cada 20 segundos una fría llovizna nos bañaba de pies a cabeza, dejándonos no sólo helados, sino también rejuvenecidos.

Tras una hora de pura contemplación decidí proseguir el paseo por los senderos indicados. Primero fui por “el camino inferior” que daba hacia un pequeño puerto donde se cruza el río en lancha hasta la Isla San Martín, en medio de otras tantas cataratas. Allí uno tiene el privilegio de darse un baño en las aguas del río Iguazú con los saltos como fondo. Luego está el “camino superior”, que recorre la cabecera de varias cascadas igual de impresionantes.

Johan en Iguazú. JOHAN RAMÍREZ

En el camino inferior de las Cataratas de Iguazú (Foto Johan Ramírez)

Lo asombroso de Iguazú es que hay cientos de caídas de agua. Aquel día, como desquiciado, tomé más de 500 fotografías, todas blancas, todas mágicas, todas irreales, espléndidas llenas de espuma revoltosa… ¡una visita inolvidable!

Ahora bien, es hora de ir a Brasil, cruzar el gigante del sur, el último país de la Travesía… y entonces será, tendré que aceptarlo, la hora de volver a casa.

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