La vuelta al Sur en 60 días: Chile


El viaje desde Bolivia hasta Chile fue especialmente agotador, sobre todo por la recurrente e interminable espera: dos horas para sellar la salida de Bolivia, una hora aguardando por un segundo bus para hacer trasbordo en la frontera, dos más para sellar la entrada a Chile, y otra más para almorzar. Fue una mañana entera y parte de la tarde diluida en aquel paraje desolado, con otro cementerio de trenes igual de insólito que el de Uyuni, y con un triste caserío de calles polvorientas y vacías así como debieron ser las de Ortiz, el pueblecito pobre de Casas Muertas.

Insólita frontera Bolivia-Chile. JOHAN RAMÍREZ

La desolada frontera entre Bolivia y Chile (Foto: Johan Ramírez)

Pero después de tanto tiempo desvanecido llegó la recompensa. Al ingresar en este quinto país de la Travesía tuvimos la dicha de adentrarnos en un terreno árido, súper árido, estéril, ardiente, inmenso, conmovedor, tan hermoso como inhóspito, el desierto de Atacama, el lugar más seco de la tierra.

¿Qué hacen aquí?

Las panorámicas desde el bus eran asombrosas. Seguíamos rodando sobre una irregular trocha pero ahora el paisaje hacía olvidar todas las penurias. Valles gigantescos se abrían en medio de aquella aridez, y luego emergían dunas enormes como edificios de diez pisos. Igual que en el imponente desierto de Perú, aquí también podían verse, en el medio de la nada, algunas casitas derruidas y una abuelita sonriente mirando por la ventana. ¿Qué hacen ellos aquí?, era la pregunta obligada.

Por allá, en una planicie lejana, a varios metros por debajo de la duna sobre la que iba nuestro bus, un hombre solitario parecía burlarse del mundo al lavar con una manguera una vieja camioneta. ¿De dónde sacan agua?, se pregunta uno… parecía aquella escena parte de un cuento, el más depurado ejemplo de realismo mágico.

Desierto de Atacama 3. JOHAN RAMÍREZ
El desierto de Atacama es el lugar más seco del planeta (Foto: Johan Ramírez)

Llegamos a Calama al final de la tarde, una ciudad sin mayores atractivos, parada necesaria para proseguir el largo viaje hacia Santiago, a unas 20 horas de distancia. Esa misma noche salí hacia la capital en un cómodo autobús en el que dormí sin interrupciones. A la mañana siguiente la visión fuera del vehículo en marcha era espeluznante: una espesa niebla todo lo cubría. Nada mejor se me ocurrió que rogarle a Dios por los ojos y la prudencia del conductor.

Diferencias

Algo evidente saltaba a la vista desde el cruce de esta última frontera. Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia son una cosa, son una Suramérica; Chile es el comienzo de otra, una que se junta con Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil en otro nivel de vida. Las carreteras están mucho mejor cuidadas, letreros señalizan a la perfección todas las rutas, y a orillas del camino dejan de aparecer los minúsculos poblados empobrecidos que tanto había visto hasta ahora. Ésta, por así decirlo, es la otra Suramérica.

A las 7:30 “de la tarde” llegamos finalmente a Santiago, pues para ellos, en pleno verano, el sol se oculta pasadas las 8. Al día siguiente fui a Viña del Mar, ubicada a una hora de la capital, en la provincia de Valparaíso. Lo primero fue conocer el famoso Reloj de Viña, y luego pasear por las calles tropicales más parecidas al Caribe que al Pacífico de sus aguas.

Frío en la costa

Con ingenuidad me desvestí en una playa de Viña para darme un chapuzón. Hacía frío en la costa aunque el sol brillaba al máximo, lo que resultaba extraño. Sin embargo corrí hacia el agua y me lancé de cabeza. Quedé congelado en un segundo. Aquello era un hielo que, sin exagerar, penetraba como puñales en las sienes y en todos los huesos. Es allí cuando uno agradece ser un hijo del Caribe y gozar de playas tan cálidas desde Margarita hasta La Guaira. Dos segundos después salía del agua tiritando y entumecido (¡y no exagero!)

En la tarde pensaba visitar la mítica Quinta Vergara, escenario de colosales conciertos. Lamentablemente, como el festival comenzaba siete días después, ésta se encontraba cerrada al público. Sólo la vi desde afuera.

Tranquila capital

Edificios de Santiago. JOHAN RAMÍREZ
El centro de Santiago está lleno de oficinas y edificios nuevos (Foto: Johan Ramírez)

El resto de los días en Chile fueron para recorrer Santiago, sus centros comerciales, sus calles amplias y limpias, admirar su moderna arquitectura, su zona rosa, la Torre Entel (donde hacen espectaculares shows de fuegos artificiales para recibir el año nuevo), la Plaza de la Independencia, el Congreso, la Biblioteca Nacional y la Casa de La Moneda, desde donde despacha el gobierno nacional.

Santiago es una urbe para caminar, de día o de noche, pues la inseguridad no es un tema de conversación para los chilenos. Uno la mira y piensa, con algo de pesar y hasta envidia, “¡esta es otra Suramérica!”.

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