Un año en Berlín


Apenas alcanzo a creer que ya transcurrió un año desde aquel 31 de mayo en que dejé París. Aunque se suponía que tan solo me quedaría en Berlín durante los tres meses del verano, sabía que la estadía podría durar mucho más, hasta terminar convertida en una mudanza definitiva.

Fue lo que pasó. Mi contrato de tres meses con Deutsche Welle devino en un contrato de largo aliento y entonces alquilé un apartamento, compré un seguro médico, y solo volví a París para hacer alguna diligencia y buscar los libros fieles que me siguen desde Caracas.

Desde entonces he vivido un año repleto de descubrimientos. Redescubrir el oficio periodístico en el lenguaje audiovisual, pensando desde Alemania para América Latina. Ese ha sido el más evidente de todos. Pero no el más importante. En Berlín me he redescubierto a mí mismo. Yo llegué aquí idolatrando a París. En esa ciudad fui absolutamente feliz. Viví cosas que si las cuento no me las creerían. Allí me enamoré y se me rompió el corazón. Y volví a enamorarme y volví a enamorarme. Allí escribí con la disciplina que no había tenido nunca antes y que no he vuelto a tener. Sembré memorias en cualquier esquina, hice amigos imprevistos, me aprendí cada calle en bicicleta, visité cien veces el Louvre y durante dos años fui un estudiante de La Sorbona: un privilegio extraordinario. Pero de un día para otro dejé todo aquello y aterricé en Berlín. Aquí todo era distinto. Una cultura nueva, un idioma desconocido, una ciudad grande y llena de contrastes con un pasado doloroso y fascinante. En París me enamoré del paisaje cinético: una ventana tras otra y tras otra, siempre una máscara de piedra sobre el portón de madera, siempre una musa mirando desde los tímpanos, siempre un faro centenario iluminando la noche desde la Belle époque. Aquí en cambio el encanto urbano no me asaltó desde el primer momento, sino que fue desvelándose con paciencia. En Berlín la arquitectura no deslumbra como en otras ciudades europeas. Al contrario, está allí a veces como cicatrices: un edificio insípido que recuerda que alguna vez, hace más de medio siglo, en su lugar hubo de levantarse un inmueble magnífico que la guerra redujo a escombros, y que la posguerra reconstruyó entre el afán del capitalismo occidental y la penuria del comunismo del este. Así cambié el orden milimétrico de los jardines parisinos por el caos de los parques berlineses, donde los árboles crecen donde les da la gana y la hierba se extiende como quiere, marcando ella misma el diseño de los espacios verdes. Y por aquí o por allá, siempre hay un rincón en el que una docena de tipos y alguna mujer sin pudor yacen en pelotas tomando el sol a la vista de todos.

Vivir el trajín frenético de París me ha enseñado a apreciar el ritmo pausado de Berlín. Aquí he escrito menos pero he conseguido el tiempo para dibujar y leer más. Aquí me he vuelto más tolerante que nunca. Es que aquí la gente se viste como le provoca y nadie anda mirando con indiscreción. Las mujeres se besan en las plazas, los tipos pasean de la mano y los jipis caminan descalzos por las calles. A veces me parece que la excepción es no tener los brazos tatuados o las orejas perforadas. Mantener un jardincito y sembrar un par de legumbres y alguna fruta es regla casi general. He aprendido a comprar bio y a comer menos carne y más vegetales. He descubierto el gusto de visitar anticuarios y de curiosear sin prisas los mercados de pulgas que abundan en cualquier barrio los domingos por la tarde. He entendido la necesidad casi humana de renegar todos los meses por el pago de los impuestos. Y poco a poco, con cada salida, he ido orientándome en bicicleta por las calles de la ciudad. Y entonces ocurre ese milagro conmovedor que me llena de esperanza todos los días: pedalear por alguna calzada y de repente, como si jamás hubiese estado allí, atravesar la línea donde alguna vez se levantó el muro que durante casi tres décadas dividió a esta ciudad, a este país y al mundo. El Muro de Berlín es un espanto del que hoy queda tan solo una sombra. Pero es también la prueba tangible de que la reconciliación y la paz no son una utopía, ni siquiera en las sociedades más polarizadas. Este Berlín que hoy tengo la fortuna de vivir es la evidencia irrefutable de que el progreso puede alcanzarse con voluntad política y ciudadana, de que los episodios más oscuros de la Historia pueden superarse sin que para ello haya que esperar un siglo, y que un país en ruinas puede reconstruirse y convertirse en potencia mundial al cabo de una generación.

Cada vez que ando por los alrededores de la Puerta de Brandeburgo, recuerdo y comprendo un poco mejor aquella frase de Kennedy que todavía hoy retumba sobre la Cuadriga: “Todos los hombres libres, dondequiera que vivan, son ciudadanos de Berlín, y por eso, como hombre libre, me enorgullezco en decir: Ich bin ein Berliner”.

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