La vuelta al Sur en 60 días: Bolivia


Había una razón para conocer Bolivia: el Salar de Uyuni: 14.000 Km² de pura sal. Fueron cuatro días veloces en este país donde, por supuesto, hallamos La Paz a 4 mil metros de altura

Hasta este momento había conocido muchos viajeros en la Travesía y casi todos me aconsejaban sin dudar que fuera al Salar de Uyuni, en Bolivia. Honestamente este país no estaba en mi itinerario, mas luego de tan recurrentes recomendaciones decidí cambiar ligeramente la ruta del viaje. Pero entrar a Bolivia tenía un costo en mis tiempos e implicaba cancelar la visita a alguno de los países que quedaban. Entonces descarté a Uruguay.

Así que en Puno, Perú, tomé un bus con destino a La Paz. Salió a las 7 am y el viaje se hizo largo y amodorrado, bordeando a ratos el azul intenso del Titicaca. A mediodía cruzamos la frontera, y a mitad de la tarde hicimos una pintoresca parada para cruzar en chalana un tramo del Lago. Al bajar del bus se desató un torrencial aguacero que en un minuto se había convertido en granizo. A empujones nos amontonamos en la barquita y aquello fue otra experiencia: la gente, los colores, los olores, las voces, las miradas.

De nuevo en el autobús recorrimos rectas interminables hacia la capital más alta del mundo. De pronto, al costado izquierdo de la carretera, aparecieron impresionantes nevados como salidos de una pintura. A cada tanto emergía la estampa del Che Guevara pintada en alguna pared junto a la vía. No es raro, en este país lo asesinaron en 1967.

Belleza y caos, y viceversa

Llegamos a La Paz casi a las 6 pm y quedé sorprendido por lo bella que se ve esta ciudad en la distancia. Desde un mirador es tal vez una de las urbes más bonitas del continente. Al fondo, como una corona, se distingue el Illimani y su cima de 6 mil metros siempre nevada.

La Paz. JOHAN RAMÍREZ
La Paz y su corona nevada de seis mil metros de altura (Foto: Johan Ramírez)

Pero una vez en la ciudad, recorrer algunas cuadras rompió todo el encanto. Es difícil, caótica, desordenada, con peatones que transitan por el medio de las calles, con motorizados que conducen en contravía, con afiches descascarados en las paredes y caducas promesas electorales colgadas en los postes todavía.

Los buhoneros inundan las calles y los limpiabotas hierven sentados en el suelo, con sus caras cubiertas con pasamontañas para no ser reconocidos, pues limpiar zapatos en Bolivia es considerado un trabajo indigno y entonces vergonzoso. Esa fue mi fugaz visión de La Paz, lugar que dejé muy rápido.

4×4

El camino hasta Uyuni, el lugar de donde salen los paseos al Salar, fue absolutamente insufrible. Son 9 horas de viaje desde La Paz, de las cuales sólo las primeras dos se hacen sobre vías asfaltadas. Lo demás es una trocha tortuosa e imposible que pareciera descomponer el autobús en cualquier momento. A cada metro nos hundíamos entre las grietas, brincábamos sobre piedras y todo crujía con estruendo inaudito. Sin embargo dormí un poco, aunque luego me desperté sobresaltado llevándome las manos a la cabeza pensando: “¡Nos volcamos!”; es que el escándalo era tal y los saltos tan grandes, que daba la impresión de que el destartalado vehículo rodaba sin control por un desfiladero.

Blanco, todo blanco

Cuando por fin llegamos a salvo a Uyuni, lo primero fue conocer el cementerio de trenes, una árida explanada donde yacen viejos vagones y locomotoras de los años 50, oxidadas, abandonadas y desvalijadas.

(Foto: Johan Ramírez)

De allí fuimos directo al Salar, el más grande del planeta y nominado a ser una de las 7 Maravillas Naturales del Mundo. A lo lejos era sólo una línea blanca sobre la superficie, pero a medida que nos acercamos aquello se volvió brillante, espléndido, y por un momento parecía que habíamos llegado al Polo Norte. Todo era blanco a nuestro alrededor. Claro, son 14.000 Km² de sal, el horizonte posible destellaba de limpio bajo el sol. El día estaba tan claro que algunas veces el Salar y el firmamento se confundían en un mismo color.

Hexágonos del Salar de Uyuni. JOHAN RAMÍREZ
Hexágonos de sal en el Salar de Uyuni (Foto: Johan Ramírez)

Tras varias paradas llegamos a la Isla del Pescado, donde algunos cactus tienen hasta 12 metros de altura y hasta 120 años de edad. En este sitio almorzamos y luego nos fuimos al volcán Tunupa, uno de los límites del Salar y cuyo cráter es un hermoso espectáculo de colores. Con aquella imagen necesariamente grabada en la memoria tomamos el camino de regreso hacia el pueblo, mientras el sol caía tenue sobre ese mundo de sal.

Volcán Tunupa en los límites del Salar. JOHAN RAMÍREZ
El volcán Tunupa, en los límites del Salar (Foto: Johan Ramírez)

La fortuna

Cumplido el plan en Bolivia lo mejor era dormir desde temprano, pues a las 3 am debía estar listo para partir nuevamente. Desde Uyuni sale un bus hacia Chile una vez a la semana y, por mera casualidad, mis tiempos coincidían a la perfección con los de la compañía de transporte. Pero si perdía la salida tendría que esperar siete días más para tomar el próximo carro, algo que por ninguna razón podía permitirme. Por poco el sueño me traiciona y desperté apenas 20 minutos antes de la hora señalada. A las carreras, pues, salí al frío inclemente de la madrugada con toda mi ropa puesta (incluso la sucia) para resistir inútilmente un clima tan despiadado. El autobús partió puntual y entonces, dando tumbos sobre la polvorienta trocha nos fuimos a Chile, sí, el quinto país de la Travesía.

Si quieres leer el relato de mi paso por Perú, haz clic aquí.

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