La vuelta al Sur en 60 días: Perú


Ocho días inolvidables: recorrer Lima, una Caracas repetida; Machu Picchu, el magnífico legado de los primeros suramericanos; y el Lago Titicaca, lo insólito de vivir sobe el agua

El recuerdo de la frontera Ecuador-Perú durará para siempre. Mucho me habían advertido sobre los riesgos de cruzarla: ladrones y estafadores hervían en la zona. En mi experiencia, nada más alejado. Fue pacífica y agradable, pero lo mejor, repleta de callecitas y tarantines donde frutas y hortalizas se apilaban en prominentes montones, y donde indios iban y venían cargados de grandes paquetes. Las caras, los niños, las veredas convertidas en bazar… cientos de imágenes imborrables.

La noche fue de descanso en plena carretera hacia Lima. A la mañana siguiente, al abrir la cortina de mi ventana para adivinar dónde estaba, un paisaje insólito me sacudió. Venía de Ecuador, cruzando verdes montañas, subiendo y bajando la fértil Cordillera; y de pronto se extendía fuera del bus la amplitud, la hermosura y la aridez de un desierto gigantesco. El choque sensorial fue brutal. De hecho, por un momento me asaltó un absurdo pensamiento: “¡Nos perdimos!”.

Aquel viaje fue alucinante. Dunas enormes, más altas que los camiones, lucían como cíclopes junto a la carretera. A cada tanto, en el medio de la nada, aparecía una casita maltrecha, sola, aislada, inexplicable, y un par de cuerdas donde se secaban unas franelitas y dos pantalones recién lavados. El deseo de bajarme a caminar por esos parajes me invadía como una necesidad personal y una obligación moral. Pero resistí… lamentablemente.

Por fin apareció el mar: majestuosos desfiladeros bordeaban la costa, y aquel azul brilló ante nosotros como no lo hacía desde Cartagena de Indias. Fue conmovedor: lágrimas vinieron a mis ojos.

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Caracas repetida

Cuando apareció por fin el letrero “Bienvenidos a Lima”, quedé sorprendido. Fuera del bus se percibía calor, inseguridad y pobreza. Al rato comenzó a mejorar el panorama y aparecieron los primeros edificios. A medida que avanzamos, y en el resto de la estadía en esta ciudad, comprobé la coincidencia: Lima se parece mucho a Caracas. Su autopista es muy similar a la Francisco Fajardo, tiene una avenida como la Francisco de Miranda y bajo ella pasa otra idéntica a la Libertador. Hay una zona que luce como La Castellana, otra como Las Mercedes, un edificio como la Torre Polar…

Por otro lado, también es caótica, desordenada, contrastante y algo desamparada; pero a la vez moderna, cosmopolita, histórica, cultural… sí, se parece a esta Caracas nuestra…

Allí visité el casco central (nada comparado al de Quito), la Plaza San Martín, los entes gubernamentales, y sin saber cómo llegué a la Casa de Gobierno. Hizo falta más tiempo para descubrir esta dinámica capital.

¡Helo allí!

Lo siguiente fue asumir una nueva travesía que, sumando todos los traslados, se extendía por unas 26 horas de carreteras: Lima-Cusco-Urubamba-Ollataytambo-Aguas Calientes-Machu Picchu… finalmente Machu Picchu.

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Allí estaba aquel lugar irrepetible, una visión fantástica, la antigua ciudad inca, el Imperio del Sur, Patrimonio Histórico de la Humanidad, una de las 7 Maravillas Modernas, el pasado tangible, el legado de los primeros suramericanos… ante mis ojos, Machu Picchu.

La vista no alcanzaba para registrar tantos detalles, el contraste de la luz y la sombra, cada árbol plantado, cada pared que sobrevive, cada mudo testigo de la historia. Era conmovedor, místico, mágico, asombroso, inspirador…

Uno de los momentos más especiales fue la subida al Waynapicchu (la montaña más alta que está detrás de la ciudad). El ascenso es agotador, pero la recompensa única. Sólo desde su cima, viendo las ruinas en panorámica, uno logra comprender la magnitud y capacidad de la antigua civilización inca. Francamente alucinante. Viéndolo así, tienen razón quienes piensan que esto fue obra de los extraterrestres.

Un lago de recuerdos

Antes de partir aún aguardaba un mágico viaje hasta Puno, en la frontera con Bolivia, para descubrir el impresionante Lago Titicaca y las inverosímiles islas artificiales de la comunidad de Los Uros.

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Conocer el Titicaca fue magnífico, un lago enorme, tan amplio que a veces parece el mar (es el segundo lago más grande de Suramérica). Fue un día dedicado a convivir con estos indígenas, experiencia inolvidable tanto como la última noche en Puno, antes de salir hacia Bolivia. En la Plaza de Armas celebraban una colorida fiesta por la Virgen de La Candelaria, y allí terminé de imprevisto, dichoso y agradecido, tocando el sicu, una suerte de flauta de pan, con otros 40 indios hasta la medianoche, cuando ya el frío nos congelaba los dedos… con toda sinceridad, este fue uno de los días más felices de la Travesía.

(La próxima semana publicaré Bolivia, la quinta entrega de esta serie. Si quieres leer la crónica anterior, sobre Ecuador, haz clic aquí)

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