La vuelta al Sur en 60 días: Ecuador


Cinco días entre la Mitad del Mundo, la hermosa Quito y su fantástico centro colonial, y Guayaquil, parada veloz para presenciar el estrechón de manos de Bolívar y San Martín

Llegar a Ecuador justifica muy bien por qué este viaje es una “Travesía”. ¡Qué complicado! De Cali fui a Ipiales, un pueblito fronterizo y rural. Sellar el pasaporte para salir de Colombia tomó dos horas gracias a la ineptitud de los funcionarios. Entretanto, sellar la entrada a Ecuador se llevó otro par de horas más. Agotado de tantas y tan inútiles esperas, finalmente crucé la frontera y llegué a Tulcán, primera ciudad ecuatoriana desde donde, en trayecto de cinco horas, un bus me llevaría por fin hasta Quito.

A la capital llegamos cerca de las seis de la tarde. Frío y lluvia prometía la noche.

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El casco histórico de Quito es uno de los más grandes de Suramérica

Mero centro

Por fortuna abrí los ojos temprano a la mañana siguiente, quizá pasadas las seis, y advertí por la ventana la fugaz aparición del Cotopaxi y del Tunguragua, dos volcanes majestuosos que rodean a Quito con sus picos nevados. Tan pronto se asomaron volvieron a ocultarse entre las nubes y no emergieron de nuevo en los tres días posteriores, así que no volví a verlos.

En Ecuador debía conocer la emblemática Ciudad de la Mitad del Mundo, el hito geográfico que divide el planeta en dos partes iguales. Está a unos cincuenta minutos de la capital.

Ya en la distancia se distingue el gran monumento que conmemora el lugar, pero verlo de lejos no se compara con la sensación de llegar ante él y observar la delgada línea naranja que cruza todo el sitio indicando, con petulancia pero absoluta certeza, la mera mitad de la tierra. Sobre ella, un deteriorado cartel indica el hito geográfico: Latitud 0° 0’ 0”.

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Allí estábamos, en el llamado ombligo del mundo

Ése fue un buen sitio para hacer fotografías, jugar a caminar con equilibrio sobre la mitad del mundo, poner un pie en el hemisferio norte y otro en el sur, verificar la exactitud de las brújulas y hasta acostarse sobre la línea.

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Hubo en una plaza varias presentaciones de bailes típicos y aquello fue conmovedor. Escuchar la música, ver los trajes, las coreografías, lo que representaban, fue algo maravilloso que me humedeció los ojos e hinchó el pecho de orgullo suramericano.

La lluvia nos impidió un paseo al Pululahua, el cráter habitado más grande del mundo, ubicado a pocos minutos de la línea ecuatorial.

Santuario deslumbrante

El resto de la visita a Ecuador estuvo destinado casi completamente a Quito. Su centro colonial es sorprendente, enorme, son cuadras y cuadras de historia, de casarones que reflejan el esplendor de una época y la magnitud de la conquista que sufrió el continente. Muchas de estas construcciones son hoy lujosos restaurantes y hoteles con fantásticas terrazas que se elevan como románticos y gélidos miradores (la temperatura en Quito es normalmente fría, sobre todo si la comparamos con el clima caraqueño).

Pero el atractivo principal aquí es la Basílica del Voto Nacional, una gigantesca catedral de estilo gótico con un centenar de metros de altura. Es sin duda la iglesia más grande que he visto en mi vida. Su interior también es impresionante, solemne y artístico. La edificación es tan alta que desde buena parte de la ciudad pueden observarse las dos torres principales con sus antiguos relojes.

A algunas cuadras de la Basílica está la Plaza de la Independencia, con un gran monumento que celebra la libertad de Ecuador, rodeada por los edificios del gobierno, la Casa Presidencial y el Arzobispado.

Finalmente hubo dos visitas obligadas antes de dejar Quito. Una fue al mercado de artesanía, una tendereta de pasillos donde encontrar atiborrada la cultura ecuatoriana en todas sus formas y colores. Y luego el Panecillo, un increíble mirador coronado por la figura de una Virgen. Desde arriba puede apreciarse casi toda la urbe, que entonces luce más grande, tanto que por un lado llovía a cántaros mientras un sol radiante brillaba en el otro extremo.

Antes de partir

Me despedí de la noche quiteña y tomé el bus que en ocho horas cubría la ruta a Guayaquil, una bella ciudad marcada por la entrevista épica entre Bolívar y San Martín (un gran monumento frente al malecón de la ciudad evoca el encuentro). También caminé por el centro, conocí el Parque de las Iguanas, donde centenares de réptiles yacen inmóviles en la grama. De vez en cuando alguna cae de sopetón desde los árboles, y en el mejor de los casos aterriza sobre un peatón desprevenido.

Dejé Ecuador no sin antes saludar a su prócer nacional, Antonio José de Sucre, encumbrado en una estatua frente al hermoso edificio de la gobernación. Era hora de subir de nuevo al autobús para cruzar la tercera frontera del viaje: Perú era el próximo destino… nos esperaba la grandeza del Imperio Inca.

(La próxima semana publicaré Perú, la cuarta entrega de esta serie. Si quieres leer la crónica sobre Colombia, haz clic aquí)

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