Tres años en París


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Hace tres años llegué a París. De aquella persona que bajó del avión hoy queda muy poco: cuánto he vivido, cuánto he cambiado, cuántas cosas he visto, cuánta gente he conocido, cuántas experiencias, reflexiones, ideas, viajes, encuentros, sabores, olores, cuántas sonrisas, cuántos acentos, cuánta lectura, cuántos museos, cuántas comidas, cuántas copas de vino, cuántas nuevas costumbres, cuántas páginas escritas, cuántos libros vividos, cuántos teatros, cuántos conciertos, cuántas preocupaciones, cuántos domingos andando por las calles descubriendo cada esquina, cuántas tardes de lluvia caminando al borde del Sena, cuántas horas estudiando en La Sorbona, cuántos paseos sobre las hojas secas del otoño, cuántas mañanas con ganas de quedarme durmiendo un rato más, cuántas noches que caen a las cinco de la tarde, cuántos amaneceres tardíos del invierno, cuánto frío en enero, cuánto calor en agosto, cuántas flores en abril, y cuánta falta me hace el sol del Caribe en noviembre, cuántas ciudades nuevas, cuánto tiempo viajando en tren, cuántos trasnochos, cuántos días hablando otro idioma y comiendo otros platos y probando otras frutas y cenando con agua y usando bufanda y llevando guantes, y durmiendo con la calefacción prendida, y subiendo en bicicleta por los Campos Elíseos, y paseando por el Jardín de Luxemburgo, y corriendo en el Parque Monceau, y mirando los techos de la ciudad, y escuchando música y cantando mientras voy de un lado a otro, y desayunando pan con chocolate y yogur con cereal, y cenando crêpes con queso y huevo, y almorzando en el restaurante universitario, y saliendo a la calle sin desodorante y sin peinarme y sin afeitarme y usando medias de colores, cuántos kebabs baratos para matar el hambre a las 3 am, cuántas madrugadas regresando a casa con el primer Metro, cuántas aventuras, cuántos sueños cumplidos, cuántos sueños pospuestos, cuántos sueños cuestionados, cuántas ganas de pintar y de tocar el piano y de dibujar y de hacer esculturas y de cocinar como un chef, y de ver las estrellas, y de ser millonario para comprar el abono anual de la Ópera y recibir Le Monde y Courrier International por suscripción, cuántas ganas de pararme en el Puente Nuevo y tirarme de cabeza en el río y nadar hasta la Isla de los Cisnes, y de leer Los Miserables en francés, y de comerme un mango, y de armar un escándalo y voltear una mesa en un bistrot, y de despertar a mis vecinos a medianoche con un alarido tremendo para anunciarles que ya volví a casa, y de correr por los Campos de Marte abrazando a todo el mundo y así decirles que en esta ciudad soy absolutamente feliz.

Cuánto he vivido desde hace tres años. Cuánto he extrañado a mi familia. Quizá no me alcanzaría la vida para contar todo lo que he hecho. Y cuánto falta todavía. Cuánto queda aún por hacer: ¡todo está por hacer! Qué maravilla esta de cambiar, de transformarse: ¡bendita dicha la de no estar condenado a ser para siempre el mismo ser humano!

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4 comentarios en “Tres años en París

  1. ¡Qué chévere esta nota! Yo también amo París… Increíble todo lo que te ha tocado vivir, en cierta parte te entiendo, no por París sino por Buenos Aires (la ciudad donde viví por casi 5 años) y Chicago (la ciudad en la que radico ahora).
    Saludos.

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