¡Sorpresa!


Mamá,

Estoy seguro de que esta carta, como ninguna otra de las que hasta ahora te he escrito, te sorprenderá.
No sabes cuánto me alegra saber que estás en México, pasando vacaciones con Elvis (tu segundo, o tercer, hijo favorito). Lo envidio porque él puede tenerte y yo no. Y yo en cambio aquí, tan lejos.
Pero estoy bien, feliz y como siempre con mil cosas que contarte. Y anhelando el momento de poder sentarme contigo, cara a cara -¡cuántas ganas tengo de ver tu cara!-, y hablar durante horas. Como lo hacíamos antes en Caracas, en alguna heladería de Las Mercedes, o en el cafecito aquel de Los Palos Grandes, o caminando en Los Próceres, o a la salida de un concierto en el Teresa Carreño.
¿Qué te contaría?
Te contaría cómo van las cosas en el postgrado, y los detalles de mi viaje por Grecia y Turquía y Bulgaria y Rumania, y el verano en Portugal, y el otoño en París, y las exposiciones en el Grand Palais, y mis lecturas, y mis amigos, y mi corazón que no aprende y reincide, y yo contento de reincidir con él.
Te contaría de mi nuevo estudio, casi tan minúsculo como el de antes, pero me encanta, el espacio justo para que quepa mi ropa, mis libros, mis zapatos y algunos sueños.
Te contaría de las comidas que he aprendido a cocinar, de las arepas que me hago y las cachapas con queso de cabra, y las crêpes con chocolate y los flanes de manzana. Sí, he aprendido a hacer flanes de manzana.
Te contaría también algunos secretos: disfrutarías algunos, otros no tanto. Y te preguntaría cosas que nunca te pregunté antes. Y no perdería ningún detalle, porque acá he aprendido que el tiempo es malo y no tiene corazón, entonces hay que respirar cada segundo antes de que se haya ido para no volver nunca jamás. Así aprovecharía cada instante contigo.
Cuánto quisiera, en este momento, secar el Atlántico y unir América con Europa para ir a verte, para que no solo estuvieras con Elvis sino también conmigo (tu hijo favorito, claro).

Algunos piensan que el amor todo lo puede. Es mentira, el amor no acorta las distancias, solo las hace más llevaderas. ¿Y si las distancias no existieran? ¿Y si por un rato tú y yo cerramos los ojos y borramos este mar enorme que nos separa y nos juntamos? ¿Y si fuese posible? ¿Qué me contarías tú? ¿Qué haríamos? Seguro lloraríamos en un abrazo. Seguro reiríamos como tontos.
Tú llevas los días contados desde la última vez que nos vimos. Yo ya perdí la cuenta.
Pero eso no importa. Siempre habrá tiempo para volver a encontrarnos.
Sabes una cosa: una idea absurda me ha llegado como un relámpago, y con ella un deseo irresistible de ir hasta tus brazos. Hagamos algo: cierra los ojos, y he aquí tu gran sorpresa… ya puedes abrirlos, ahora ven y abre la puerta, porque he venido a desayunar contigo. Ah, y dile a mi papá que vaya preparando el café.
Hasta dentro de un minuto,
Johan

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