En el despacho del ministro


La semana pasada se celebró en Francia la 32da. edición de las Jornadas Europeas del Patrimonio. Para celebrarlo, a lo largo del país 2.296 lugares, entre monumentos, organismos del Estado y centros históricos que normalmente permanecen cerrados, abrieron sus puertas al público permitiendo así ser descubiertos durante un fin de semana.

Entre los sitios más concurridos estuvo la casa del Primer Ministro, donde se registraron filas de hasta cinco horas para ingresar (algunos venezolanos residentes en París pensaron que se trataba de una venta de leche a precio regulado… permítanme el chiste).

El Senado, así como la Asamblea Nacional y el Teatro de la Ópera fueron igualmente desbordados por visitantes de todo el mundo. El Palacio Garnier, por ejemplo, que normalmente ofrece recorridos guiados, proponía esta vez un paseo por sus pasillos secretos, revelando así misterios que a lo largo de décadas han terminado convertidos casi en leyendas urbanas, como aquel de un supuesto lago que yace bajo la construcción.

Por mi parte, como buen estudiante de política, no dudé en irme al Quai d’Orsay, un edificio magnífico construido entre 1844 y 1856, que desde entonces ha sido sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Fue el primer edificio oficial construido en Francia con el fin de albergar un ministerio. La arquitectura es de estilo Napoleón III, a excepción del baño de la habitación real, renovado a la ocasión de la visita del rey George VI y la reina Elizabeth, en 1938.

Un puñado de episodios de gran relevancia histórica han tenido lugar en este sitio. En 1856 se firmó allí el Tratado de París que puso fin a la guerra de Crimée, así como el Tratado de Versalles en 1919, tras el fin de la Primera Guerra Mundial. También aquí, en 1950, Robert Schuman pronunció un discurso que hoy día es considerado como la declaración que fundó el proceso de unidad que terminó dando forma a la Comunidad Europea.

Con techos finamente decorados, lámparas extraordinarias y muebles de todas las épocas, la visita fue no solo un placer para la contemplación, sino un lugar de inspiración para quienes nos encaminamos hacia el intrincado mundo de la política.

A propósito, el despacho del ministro es impresionante: dan ganas de aceptar el cargo de una vez.

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