Aparezco finalmente (o Portugal, parte I)


Madre,

No tengo excusas. Cómo justificar que desde hace tantos meses no haya vuelto a escribirte. No tiene sentido hacerte leer una decena de líneas tratando de no decir lo que puedo decir en una frase: soy el peor hijo del mundo. En mi descargo solo me permitiré un argumento, aunque sea flaco: el hecho de que ahora usas un Smartphone nos ha permitido tener una comunicación más fluida: nos hablamos casi a diario y nos mandamos fotos y hasta notas de voz. Pero no es lo mismo que un texto largo como este, yo lo sé. Y también sé que de alguna forma te acostumbraste a recibir de tanto en tanto alguna carta mientras yo me hice a la idea grata de escribirlas.

¿Por dónde quieres que comience? Podría contarte muchas cosas, pero prefiero irme a lo que tengo más fresco en la memoria. Y si quieres hacemos así: te cuento de atrás hacia adelante las historias de mis últimos meses. Hace dos semanas volví a París tras un verano largo y prodigioso de casi cinco meses que me llevó desde las ruinas de Grecia hasta las costas del Atlántico, pasando por Estambul, por una colección de playas en Bulgaria y por las frías aguas del Mar Negro, en Rumania. Terminé en Portugal viviendo mes y medio, como ya sabes, tendido al sol con la excusa bastante creíble de querer escribir y leer y aprender portugués. Sí, es cierto, leí mucho. Me devoré las Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa y A viagem do elefante, de Saramago (que leí en portugués para practicar). También degusté poco a poco, igualmente en portugués, una antología de poemas de António Ribeiro, y algunas páginas sueltas de revistas y ensayos que tenía pendientes. Escribí muy poco, es la verdad. Tan solo dediqué una semana a terminar una crónica que tenía encargada para una revista. De resto, frases sueltas en mi cuadernito de dibujos. Muchas de ellas oraciones enigmáticas que solo yo comprendo, y que dejé allí cual acertijos voluntarios, como las migas de pan que me permiten desandar ciertos caminos para recordar momentos específicos. Ni siquiera mantuve como otras veces una bitácora, un diario personal, un carnet de viaje: nada. Para consolar mi vocación maniatada terminé, por allá por la segunda o tercera semana, diciéndome a mí mismo que no escribía porque no tenía tiempo: me estaba dedicando tan solamente a vivir: ya luego llegaría el momento de ponerlo todo en el papel.

Frente al Atlántico, leyendo A Viagem do Elefante,

Frente al Atlántico, leyendo A Viagem do Elefante, de José Saramago

La primera mitad del viaje la pasé en São João do Estoril, a media hora de Lisboa. Un recodo encantador al borde del mar. La segunda mitad la pasé en Oporto, al norte, bajo un cielo espléndido que se desgajaba en azules intensos y un sol encendidísimo cada día. Allí estuve tres semanas en un hostal que terminó convirtiéndose más en mi casa que otra cosa. Me sentí tan cómodo como en mi cuartito de París. Me hice muy pronto una rutina y unos amigos, un desayuno fijo cada mañana leyendo noticias en medios locales o hablando de lo que fuera con algún huésped o con María José o María Lúzia, dos de las señoras encantadoras que trabajaban allí. Cada una con su carácter y su estilo, la primera portuguesa y la segunda brasileña, me hacían reír mientras corregían los sinsentidos de mi precario portugués. A veces me echaba bajo un duraznero a pensar, a leer y a comer duraznos sin piedad. A veces me perdía por las calles de la ciudad andando sin rumbo ni planos ni planes ni ningún objetivo distinto al de caminar y mirar a la gente caminar, al de pensar y preguntarme lo que estarían pensando los otros, y dibujar en alguna esquina, y tomarme un café en la otra, y extraviarme escuchando música, y sentarme en un banco de iglesia a mirar los techos magníficos o descifrar las escenas densas pintadas en los azulejos abundantes, murales extendidos dentro y fuera de aquellas construcciones, en las fachadas de las casas, en las aceras, expuestos en los museos como obras de arte, en los interiores de las tiendas de suvenires convertidos en llaveros y magnéticos, y hasta bamboleándose al ritmo de una señorita que andaba llevándolos como zarcillos.

Cuánto viví, cuánto vi, cuánto hice… tal vez algún día te lo cuente todo…

El Douro que atraviesa Oporto

El Douro que atraviesa Oporto

Conocí tanta gente… viajeros de todo el mundo, los que buscan, los que huyen, los que procuran respuestas, los que procuran paz o felicidad u olvido, los que sueñan, los que andan detrás de una idea, de un déjà vu, de una aventura infantil, de un boceto de vida, de un año sabático, de una orientación o más bien de una reorientación, de un romance pasajero o del amor definitivo. Escuché sus historias y cuando me preguntaban les contaba las mías. Así viajábamos dos veces: la vivencia real que cada uno tenía en aquel verano portugués, y la que vivíamos entonces a través de los relatos compartidos. Lo que viví en Portugal fue inolvidable. Especialmente en Oporto. Fue hallarme de nuevo dentro de una película extraordinaria. Ahora que lo escribo me parece que todo aquello hubiera ocurrido hace mucho tiempo. Es como si ya formara parte de mis memorias mejores.

Volví a París hace dos semanas. Tenía muchas ganas de regresar. Sin embargo, no sé si estaba listo para dejar Oporto. Una parte de mí quería quedarse. Tal vez una parte de mí se quedó, en efecto. Amé esa ciudad como amaba a París cuando venía de vacaciones antes de mudarme. Las veredas angostas, los restaurantes de platos copiosos y cuentas generosas, los tendederos repletos de ropa puesta a secar al sol y a la vista de todos, faldas, sábanas, camisas, sostenes y pantaletas, todo colgado allí, sin pudor alguno, como si se tratara más bien de un armario al aire libre. Y las viejecitas mirando por las ventanas, y la copa de Oporto en cualquier mesa y a cualquier hora, y los pasteles de nata y el vino verde, y el Douro y los puentes altísimos que lo atraviesan conectando ambas riveras, y el cantar de los portugueses cuando hablan, y los olores de las salsas que se cuecen a mediodía , y las salidas para trotar a medianoche, y tantas cosas más… no tienes idea de cuánto me divertí, de cuánto aprendí, de cuántas nuevas cosas viví.

En el Parque da Cidade, en Oporto

En el Parque da Cidade, en Oporto

Ahora, de vuelta en París, me consagro nuevamente a los estudios. Ya comencé este master en Comunicación política que promete otra colección de satisfacciones personales y profesionales, que habrá de llevarme por quién sabe cuáles vericuetos del periodismo, y que me deparará seguramente otro rosario de emociones y desafíos.

Pronto te escribiré de nuevo para seguir poniéndote al día. Por ahora te mando un beso desde la biblioteca de La Sorbona, recinto sagrado donde tengo la fortuna de pasar mis tardes aprendiendo. Me voy, porque tengo clase.

Te amo,

Johan

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