Por qué no me quedo en casa


Cierto es que viajar es uno de los “inventos” más hermosos que ha concebido la mente humana. Esa idea primitiva, que nos posee desde tiempos inmemoriales, de ir más allá de lo que el horizonte nos impone, de caminar y caminar, siempre derecho, hasta ver dónde se oculta el Sol, de procurar aquello desconocido que nadie ha visto antes… esa idea primitiva, decía, me parece tan noble para consigo mismo, tan coherente para con los espíritus rebeldes que no se conforman con lo que se les dicta como normal y que, al contrario, sienten retortijones en el estómago cuando la rutina pretende abrazarlos, cuando alguien que nadie llamó viene a decirles cómo se deben hacer las cosas, porque así se han hecho siempre: esa idea primitiva, repito, me parece tan grande que no merece otra justificación más allá de la mera voluntad: viajamos porque nos da la gana.

En todo caso, es fácil pensar que al viajar tan solo nos esperan prodigios en el camino. En parte es cierto: los viajes están llenos de descubrimientos, de paisajes sublimes, encuentros inolvidables, personas que quedarán para siempre en nosotros y nosotros en ellas, instantes, como fotografías, llenos de una significación poderosa cuya sola evocación provoca emociones, nostalgias, quizá remordimientos, tal vez alguna lágrima, incluso mucho tiempo después, años después, de haberse producido.

Dicho esto, no es menos cierto que los viajes están compuestos al mismo tiempo de un sinnúmero de imponderables, vueltas inesperadas que aguardan traicioneras en una esquina, tras alguna curva, del otro lado del cruce fronterizo. Todo esto lo sabemos quienes viajamos. En 2009 iba en una lancha en el corazón del Amazonas venezolano y de pronto, a las 7:05 de la mañana, naufragamos sin exlicación (aquí puedes leer ese episodio). En una madrugada de 2012 me perdí en Río de Janeiro y terminé caminando horas hasta cruzar dos favelas y llegar a los pies del Cristo de Corcovado (lee esa historia aquí). En 2010 me pasó algo parecido en las afueras de Praga (ese relato aún no lo he escrito). ¡Cuando visité Bielorrusia contraje varicela! Ahora, en este viaje a los Balcanes, acabo de contar cómo debimos pasar nuestra primera noche tirados en el suelo de una estación de gasolina, cual indigentes

De modo que con frecuencia la gente me pregunta que por qué viajo. A veces, cuando me pongo filosófico, yo mismo me lo pregunto. ¿Por qué perder las uñas escalando el Pico Humboldt y el Pico Bolívar, este último a más de cinco mil metros de altura? ¿Por qué desgastarme en doce días de ascenso, trekking y escalada para llegar hasta el nacimiento del Salto Ángel? ¿Por qué optar por la almohada ajena en lugar de mi cama conocida?

En este vídeo de dos minutos les dejo algunas respuestas.

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