Viajando en Autostop: de Trieste a Ljubljana


Domingo, 7 pm. Estamos en la frontera Italia-Eslovenia, adonde hemos llegado, por recomendación de la Oficina de Información Turística de Trieste, para comenzar nuestro viaje en autostop por los Balcanes. Nos paramos entonces al borde de la carretera con aquel cartelito donde hemos escrito LJUBLJANA. La ciudad se encuentra apenas a dos horas de distancia.

Con un frío en el estómago nos paramos al borde de la carretera y comenzamos a hacer autostop

Con un frío en el estómago nos paramos al borde de la carretera y comenzamos a hacer autostop

El optimismo nos invade. La emoción también. Nos parece divertidísimo hallarnos en semejante posición de mochileros. Pasan diez minutos, veinte, se cumple la primera media hora. La impaciencia, cual receta que se cuece a fuego lento, va ablandando la emoción, y después de cincuenta minutos comienza a disolver también al optimismo.

Ya ha pasado una hora y media. Nelvino ―el periodista portugués con quien viajo― y yo nos miramos las caras con asombro: siempre pensamos que todo sería más fácil: la realidad estaba por darnos una bofetada.

Nos acercamos a hablar con los camioneros aparcados junto a la ruta. Todos han apagado sus motores y se disponen a pasar la noche en el lugar. A las 10 pm, una tímida llovizna nos hace mirar al cielo: está encapotado, mal augurio. Para guarecernos solo tenemos una estación de servicio ubicada en plena frontera. Allí abordamos a los conductores que ponen gasolina. Aunque estamos del lado que va hacia Eslovenia, todos afirman ir de vuelta a Italia. No tengo la malicia para advertirlo: mienten.

Se hacen las once de la noche y la bomba va quedando vacía, la carretera menos transitada, el cielo más apretado y el aire más frío. A las doce abandonamos toda esperanza: las luces de la estación se apagan: cierran hasta las seis de la mañana. Quedamos solos en aquel sitio, varados a mitad de una frontera muerta, sorprendidos por un hecho inconcebible: nadie se paró. Nadie.

Sin mayores opciones, optamos por la más práctica: tiramos los morrales en el suelo y cada cual se recuesta sobre el suyo, envueltos por aquella soledad aplastante. Se desgaja entonces un aguacero diluviano que lo sume todo en un silencio manso. Y por fin allí, convertido en indigente por una noche, tengo tiempo para pensar. Cuántas cosas se piensan en un momento como ese.

¿Cómo sería la vida así todos los días? ¿Qué haría yo si mañana no tuviera adónde ir? ¿Quizá compraría una botella para olvidarlo? Pensaba en la cena que no tuve. Pensaba en París, donde vivo, y en el estudio minúsculo que tengo la fortuna de rentar a cinco minutos a pie de los Campos Elíseos. Pensaba en mi cama caliente. Y yo allí, en el suelo. Parecía que el viaje, en su mera arrancada, había perdido todo sentido.

La primera noche nos deparó una vuelta inesperada

La primera noche nos deparó una vuelta inesperada

Amanece y nos amparamos en el café negro del restaurante fronterizo que acaba de abrir. Desayunamos para recobrar la decencia. Yo me sumerjo en la lectura de Tropique du Cancer, de Henry Miller, quien me acompaña en este viaje. Nelvino edita fotografías. Es una forma tácita de dejar pasar el tiempo y la lluvia que con pedantería sigue cayendo. Cuando se hacen las diez decidimos volver a la carretera. La dueña del restaurante, al vernos salir, nos ofrece un par de paraguas para que nos protejamos. Me sorprende su gesto solidario. Me parece dulce. Tierno.

Nos paramos de nuevo con el brazo extendido, pulgar al cielo, ánimos renovados. Cuatro horas después, más mojados que estusiasmados, regresamos al restaurante para almorzar. La comida sabe a decepción. No puedo creer lo que nos está sucediendo: sumando la noche anterior y esta mañana, llevamos ocho horas haciendo autostop y ni siquiera un carro (¡ni uno!) se ha detenido, aunque sea solo por curiosidad.

Almorzamos pensando que tal vez nuestro viaje no va a ningún lado. En todo caso, esto era parte del proyecto: queríamos saber si la gente seguía confiando en otras personas. Las últimas doce horas nos mostraban que no. Con pesar decidimos viajar en bus hasta Ljubjlana. No valía la pena seguir desgastándonos en aquella carretera: estábamos apenas comenzando el itinerario y era importante movernos. Ya lo intentaríamos otra vez en Eslovenia.

La impaciencia es un plato que se cuece a fuego lento

Decidido el asunto, pedimos la cuenta pero el mesero nos sorprende: “No deben nada”. ¿Perdón? La dueña, la misma que nos ha regalado los paraguagas esta mañana, nos dice que aquella comida va por la casa: “Quiero hacer algo por ustedes, y de esta manera formar parte de su viaje”, sonrió. Yo no podía creerlo. ¿Por qué aquella dama decidió invitarle el almuerzo a este par de viajeros trasnochados? Es algo que aún no respondo con la lógica. Pero sin duda su propósito se cumplió: su buen gesto fue el primer milagro de nuestra Travesía.

Tras una noche indigente y una mañana sintiéndonos ignorados, más aún, invisibles a la orilla de esa carretera anegada, encontrar una persona que nos ofreciera un plato de comida fue cuando menos esperanzador. No porque no tuviéramos con qué pagar: no, no estábamos en ese extremo. Fue el hecho de encontrar a alguien dispuesto a ayudar a cambio de nada.

Yendo en el bus en dirección a Ljubljana, debí contener el llanto de esta primera lección: si por un lado se cierra una puerta, por otro habrá de abrirse alguna más.

Pasamos un par de días en Ljubljana y otros tres en Borovnica, un pueblo diminuto sembrado entre el verde más verde de Eslovenia. Un remanso natural ideal para recuperar energías antes de proseguir hacia Zagreb, capital de Croacia, tercera parada de nuestro viaje extraordinario para cruzar los Balcanes en autostop. Tuvimos un difícil comienzo: ya veremos ahora qué nos depara el camino.

Si quieres ver las fotos de nuestra noche en la frontera y la visita a Eslovenia, haz clic aquí.

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4 comentarios en “Viajando en Autostop: de Trieste a Ljubljana

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