Viajando en Autostop: Comenzó la Travesía


 

París, 4:30 a.m.

Repaso mentalmente mi equipaje y termino pensando en aquello que habrá de resultarme indispensable: pasaporte y tarjeta de crédito. Todo lo demás, si acaso llegara a olvidarlo, podría procurármelo en el camino, pero no estas dos cosas sin las cuales sería imposible completar este viaje absurdo que me propongo para cruzar los Balcanes en autostop: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Kosovo, Macedonia, Bulgaria y Rumania, desde donde, al cabo de un mes, espero volar de regreso a París, la ciudad de mil amores donde vivo.

Mi madre me preguntó alarmada que por qué haría semejante locura. Le respondí que en lugar de pensar “¿Por qué?”, prefería pensar “¿Por qué no?”. Me acompañará mi amigo Nelvino Lima, periodista portugués residenciado en Londres, y nuestro propósito es saber si todavía hoy, en pleno siglo XXI, es posible confiar en la gente. De ahora en adelante seremos dos sujetos parados a la orilla de una carretera perdida, morral a cuestas, sosteniendo en el pecho un papel donde habremos escrito el nombre remoto de alguna ciudad: dos tipos que le sacan la mano a cada auto que pasa esperando que alguno se detenga para llevarlos a cambio de nada a su próximo destino.

Necesitaremos pues que aquel desconocido, a partir de los segundos que durará nuestro encuentro visual a cien kilómetros por hora, confíe en nosotros tanto como para detenerse y dejarnos subir a su auto. Al mismo tiempo el asunto requerirá también nuestra confianza: subiremos al carro de un extraño. El riesgo será entonces compartido.

Sin embargo, reconozco con una mano en el corazón que esta es una excusa para justificar nuestro personal deseo de hacer lo que nos da la gana: salir, descubrir, maravillar y ser maravillados en el encuentro prodigioso con culturas lejanas, en el deleite de otras comidas, en la cadencia de otros idiomas, en las luces de otros amaneceres, en los rojos de otros ocasos, en el universo paralelo de aquellos que habremos de cruzar en las semanas por venir, en alguna sonrisa, en algún mohín de los Balcanes. Vamos a la exploración de este mundo que cada vez se hace más pequeño, pero sobre todo a la exploración profunda de nosotros mismos, expuestos sin reservas a todo lo largo del camino. Porque la vida es demasiado corta para invertirla haciendo algo que no nos gusta, hemos decidido tomar una pausa y salir a aprovechar el tiempo que se nos ha dado.

Desde París volamos a Trieste, al norte de Italia, ciudad encantadora plantada a orillas del Mar Adriático, con callecitas angostas, edificios coloridos, restaurancitos pequeños de manteles cuadriculados y platos suculentos desbordados de pastas y salsas deliciosas. Acá hemos pasado el fin de semana recorriendo cada esquina y disfrutando los soles generosos de estas latitudes.

Llega el domingo por la tarde y nos disponemos a cumplir nuestros primer recorrido en autostop. Dicen que Italia es el peor país de Europa para hacerlo. En la Oficina de Información Turística nos recomiendan ir en bus hasta la frontera pues aseguran que allá será mas fácil conseguir un aventón: desde el centro de la ciudad es imposible, afirman. Así lo hacemos. De un lado tenemos Italia. Del otro Eslovenia. Nosotros en el medio. Sobre una hoja tamaño carta escribo con letra de molde LJUBLJANA.

Nos paramos al borde de la autopista. Se acerca un carro a toda velocidad. Sacamos la mano con el pulgar extendido y un frío repentino me invade el estomago: es que comenzó la Travesía, así, con T mayúscula.

Si quieres ver las fotos de nuestra pasada por Trieste, haz clic aquí.

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4 comentarios en “Viajando en Autostop: Comenzó la Travesía

  1. Estoy entusiasmada, espero poder seguir la aventura. Los envuelvo en luz y los rodeo de amor. Solo encontraran lo mejor del mundo. Dios los acompaña. Éxito!!!

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  2. Jeje, na guará de raya, fueron y vinieron y yo deseándoles buen viaje! Bueno, al final el deseo fue de corazón. Seguiré la historia en el blog. Cariños!

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