Desde Dubrovnik


Mamá,

Dubrovnik QDL

Soy un hijo terrible: no he vuelto a escribirte desde el Día de las Madres. No hay nada que justifique tanto descuido: clases, viajes, salidas, páginas por escribir. Cero excusas. Ni siquiera he respondido la carta manuscrita que me enviaste hace poco, ni te he mandado unas líneas ahora que estás recién operada. Repito: soy un hijo terrible. Si te sirve de consuelo, siempre te pienso. Si me sirve de alivio para la consciencia, preparar y embarcarme en este viaje en el que ando me ha tomado mucho tiempo y energía, dejándome espacio para muy poco.

Ahora te escribo desde el sur de Croacia, esta exclusiva ciudad, destino veraniego de los ricos, llamada Dubrovnik. Acá, entre estas damas de Chanel y caballeros de Tommy Hilfiger con bermudas de flores y mocasines, te mando esta carta para contarte que estoy bien. Ya tengo dos semanas viajando pero siento que son como tres meses. No te imaginas cuántos paisajes me han robado el aliento, cuánta gente me ha sonreído en la calle, cuánta comida distinta, cuántos sabores desconocidos, cuánta ilusión que renace al filo de una montaña prodigiosa, de un estallido de colores al atardecer, de un río sigiloso que atraviesa el corazón de una ciudad de nombre enrevesado.

Desde que salí de París a finales de agosto he pasado por Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, y ahora he vuelto a Croacia para visitar el sur, la costa magnífica servida al borde del Adriático donde hoy me tiré de clavado por primera vez en mi vida. Sus aguas frías, en cambio, me hicieron recordar la calidez del Caribe.

Ayer una muchacha nos trajo desde la frontera de Bosnia hasta un poblado cuyo nombre desconocí, a unos cuarenta minutos de distancia, ya del lado croata. Ella iba con su mamá. En el camino nos invitaron a su casa, nos hicieron almuerzo, conversamos como si fuésemos amigos de la infancia. Al despedirnos su mamá me abrazó y me dio un beso. En sus brazos croatas te reconocí, te sentí, te toqué. Porque creo que nada hay más universal que el abrazo de una madre. Tienen ustedes una forma de abrazar, un calor, una intensidad, que las identifica por igual en todos los idiomas y todas las culturas y todas las latitudes, más allá o más acá del Ecuador.

Hoy almorzaba en una terraza del Old Town y de pronto pasó entre la gente una señora que era tu gemela versión de los Balcanes. Pensarte tan lejos me dio ganas de llorar.

Si en el mundo pudiera elegir a una persona para pasear por estas calles refinadas, te elegiría a ti. Pero sería una elección de un día, porque mañana tendría que dejarte para ir a pararme a la orilla de una carretera a sacarle la mano a todos los carros que pasen esperando que alguno se detenga y nos lleve a Montenegro, quinto país y octava parada de nuestro viaje extraordinario en autostop.

Te dejo esta postal de Croacia, y te mando un beso enorme desde estas tierras lejanas.

Pronto espero escribirte de nuevo para seguir contándote las maravillas que consigo a lo largo del camino.

Te amo,

Jo

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