Viajar para escribir


Madre,

Como bien recordarás, hace cuatro años tuve la fortuna de completar una expedición de treinta días para cruzar el Amazonas venezolano hasta la frontera con Brasil. Fue un viaje espléndido que en gran medida me cambió la vida. Siempre digo que a mitad de ese trayecto tuve el deseo profundo de olvidarme de todo y quedarme a vivir en la selva entre los yanomamis de la comunidad El Niñal, allá, perdido a las orillas del brazo del Casiquiare.

Pero me faltó el valor y entonces regresé a Caracas, según lo previsto, y me senté a escribir. La larga crónica que surgió de ese viaje se publicó en junio de 2010 en forma de edición especial de la revista Clase Turista, la cual dedicó unas cuarenta páginas a mi relato. Y justo ahora, cuatro años después, recibo un tweet de una lectora que le toma una foto a un párrafo de uno de los artículos y me dice: “Enamorada de este fragmento. Gracias por tan bella narración”.

Fragmento Amazonas pequeño

Lo leí e incluso me costó recordar que yo mismo lo hubiera escrito. Y la verdad es que me gustó. Me sentí satisfecho de lo que dije, lo encontré poético, literario, y sobre todo justo pues exactamente eso sentía cuando íbamos en aquel barco de prodigios. Obviamente, lo que piense sobre un texto mío no es para nada objetivo, pero siempre he creído que el hecho de que a mí mismo me gusten ya es un buen comienzo.

En fin, te escribo porque este simple mensaje me ha hecho pensar en el valor del viaje acompañado por la palabra escrita. Es decir, aquel viaje fue transformador en lo personal, pero gracias a la ventana abierta del periodismo y gracias a la conjunción bendita de la tinta y el papel, tuve la fortuna, así como de hacer la expedición, de escribir luego cada relato. Y es debido a esa complicidad que uno puede, a veces con más o menos éxito, tocar la sensibilidad de otros, despertarles el imaginario, la curiosidad, o también los sueños dormidos. Una vez una lectora me dijo que tras leer mi relato La vuelta al Sur en 60 días había decidido, después de años de dudas, tomar su mochila y salir a recorrer América Latina. Otra vez una señora me escribió un mail tan hermoso que prefiero citarlo. Decía:

Leyendo tu artículo me imaginaba a tu lado.

Por tus ojos vi las catedrales, los desiertos, las casitas a la orilla del camino,

al sol, al frío, y oí el rumor mientras te acercabas a las Cataratas de Iguazú.

Qué lindo…  yo también viajé contigo.

Soy una vieja de 67 años, en silla de ruedas desde diciembre pasado.

Me subió le tensión a 24 y se me paralizó el lado izquierdo.

Ahora solo puedo viajar de acompañante como lo he hecho contigo,

cheverísimo… sin pagar nada… sin cansancio… a expensas tuyas,

pero disfrutando los olores y sabores que tu sentiste y experimentaste,

y tu frío en Chile, y los paisajes bellos de Argentina y los salares.

Te quedo muy salada la tez cuando terminaste el viaje?

A mí sí.

No te envidio, porque estuve contigo.

Recibe felicitaciones y un beso

Ya te imaginarás que después de leerlo no pude sino llorar. El periodismo, y más allá de este mero oficio, el acto puro de llenar una página en blanco con letras y signos de puntuación llenos de sentido que sean capaces de tocar la fibra de otros me parece un milagro esquivo pero posible. Y es detrás de esa utopía que voy cada vez que me encierro a llevar al papel una experiencia vivida, un viaje que para muchos es puro divertimento, pero que para mí es una responsabilidad muy seria, una obligación moral que no cumplo si no la cuento. Y es gracias a ese afán de contar lo que han vivido que tenemos hoy los relatos insólitos de todos los viajeros, desde los de Marco Polo hasta los cronistas de indias incluido el diario del implacable conquistador, Cristóbal Colón, y más tarde los del genial Humboldt, y Bonpland, y el reportaje emocionante de Henry Stanley buscando al doctor Livingstone en África, y finalmente otros más contemporáneos como los del Che Guevara o los de Ernesto Sábato y José Saramago.

Y uno, a miles de kilómetros de aquellos clásicos, sigue sin embargo viajando y escribiendo con la esperanza de que al menos una vez cada cien años, alguna musa generosa se preste para llenar de luz la línea de un párrafo perdido.

Aquí, al final de una jornada de caminata para ascender el Auyantepui, escribiendo en mi diario para no olvidar ningún detalle

Aquí, al final de una jornada de caminata para ascender el Auyantepui, escribiendo en mi diario para no olvidar ningún detalle

Escribiendo en UK

Escribiendo en algún tren cruzando el Reino Unido

Te mando un beso desde esta París lluviosa, y hasta pronto,

Johan

Anuncios

2 comentarios en “Viajar para escribir

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s