Un Nobel en La Sorbona


Seguramente me sentía yo más nervioso que él, quien estaba a punto de hablar por hora y media delante de unas trescientas personas de quién sabe cuántas nacionalidades. El escenario, como mero lugar de encuentro, se me hacía abrumador e imponente, aunque probablemente menos majestuoso para él, acostumbrado ya a estos espacios repletos de historia y cultura, donde el peso del conocimiento se desborda y las luces —los pensamientos brillantes— de los últimos dos siglos han dejado su estela aún en las cornisas del techo, en los frescos de las paredes, en las lámparas ancianas, o en esos bancos de madera, asiento fortuito de los privilegiados. Ayer, era yo uno entre ellos, uno entre los afortunados que pudimos asistir al encuentro con ese monstruo de las letras. Entró a la sala sin mayores aspavientos cinco minutos antes de las siete de la noche. Un ligero tumulto se formó en torno suyo, diez flashes, y un par de jóvenes, libro en mano, que se apresuraron a pedirle la dedicatoria. Yo no podía quitarle los ojos de encima: era la primera vez que veía a un Premio Nobel. Sonreía amablemente, y comenzó a bajar las escaleras hasta el fondo del anfiteatro Descartes, en la Universidad de La Sorbona, en París, donde tendría lugar su conferencia magistral. Descendió los peldaños uno por uno, con el andar lento y atento de los hombres mayores. Pasó justo frente a mí, a unos cinco metros de distancia: el cabello blanco como las páginas más caprichosas, la nariz perfilada como en sus tiempos mejores, el mentón breve, la curvatura evidente del abdomen de sus 77 años.

Cuando por fin llegó al estrado desde donde se dirigiría a nosotros, se sentó y con gesto impenetrable nos lanzó una mirada, acaso como si fuésemos sus enemigos y no sus fieles admiradores. Parecía que en un segundo se había puesto de mal humor, quizá a causa de las fallas técnicas que demoraron unos quince minutos el inicio del evento.

El escritor nos miraba con semblante muy serio

El escritor nos miraba con semblante muy serio

Yo lo miraba sin descanso, lo detallaba desde la fila veinte, donde me encontraba, miraba sus manos, pues siempre me ha causado una curiosidad casi fetichista mirar las manos de los escritores, ya que ellas son sus instrumentos, sus herramientas, como las cuerdas vocales de un tenor, como el pincel de un artista, la conexión entre las ideas y el bendito papel. Finalmente los organizadores se rindieron, los imprevistos de sonido no pudieron remediarse, y el maestro habló de viva voz, sin micrófono. Lo había escuchado tantas veces por televisión o internet, que su tono me resultó cercano, predecible el ritmo y los finales agudos con que los peruanos terminan las frases. Hablaba un francés admirable, correctísimo, educado, coherente, fácil, con la pronunciación evidente de los suramericanos. Pero incluso eso lo hacía simpático, próximo, bien formado, pues dejaba en evidencia el dominio absoluto de una lengua que no es la suya. Un barbare à Paris, se llamó su conferencia, y en ella trató de dibujar para nosotros la forma como Francia, la cultura francesa, y en especial esta capital de ensueños, marcó y sigue marcando su existencia. Contó que en su Arequipa natal comenzó a leer a los grandes de la literatura francesa, Víctor Hugo, Camus, Sartre. Dijo que llego a París, como tantos de nosotros, con la esperanza suprema de hacerse un escritor de verdad. Yo asentí con la cabeza, aquello me retumbó tan familiar. En la medida en que aprendía francés, dijo, empezó a leer también en esa lengua. Di un brinco en mi silla cuando reconoció que Madame Bovary, de Gustave Flaubert, ha sido la novela que más le ha marcado como escritor. Y es que desde el pasado fin de semana también yo estoy leyendo a Flaubert en francés. Con él voy y vengo todos los días en el Metro, sumergido en el universo de la célebre Madame.

Las manos del escritor

Las manos del escritor

Habló del mérito gigante de Les Misérables, del carácter de personajes imborrables como Jean Valjean, y de cómo las novelas que más trascienden, por encima de la estructura, de la formalidad o la belleza de la prosa, son, desde su punto de vista, las que pueden contar la mayor cantidad de experiencias. Yo lo escuchaba sin parpadear, sin perder el menor gesto, grabando sílaba por sílaba en mi cabeza, soñando. Allí estaba él, ante nosotros, con un millón de horas solitarias a cuestas enfrentado con el lápiz y el papel, creador de mil historias, dueño de un talento magistral como su conferencia, devoto de la disciplina, domador de la estructura, del nivel de los narradores, del espacio, de las mudas, de los saltos cronológicos, ganador del Rómulo Gallegos, del Cervantes, del Príncipe de Asturias, Marqués por concesión del Rey de España, merecedor del Nobel de Literatura.

Terminó su conferencia, recibió un aplauso estruendoso, y se marchó sin preámbulos, tal como había llegado. En mis manos, como un niño bastardo, se quedó La tía Julia y el escribidor esperando su firma en la primera página, y en mi cabeza un sartal de preguntas que algún día, si la vida me da la fortuna de encontrarlo de nuevo, si se me concede el milagro de entrevistarlo, podré entonces posarle con todo respeto.

Para mí, fue una velada inolvidable que va más allá de la simple anécdota de haberse cruzado con una persona destacada. En cambio lo aprecio como una suerte de revelación, un ánimo incalculable, reconfortante, el testimonio tangible de quien le ha dedicado su vida a la literatura y hoy, en la sabiduría de sus canas, mira al pasado y confirma: “Sí se puede”, un argumento irrefutable para inmolarse, si es que fuese necesario, en nombre de la vocación.

Nos marchamos todos, apagaron las luces y cerraron la suntuosa sala. No sé si los demás saldrían tan conmovidos como yo. De haber estado solo, quizá me habría sentado unos minutos a llorar. En todo caso, antes de partir giré para mirarlo todo en derredor, la magnífica Sorbona destellaba de contenta bajo el cielo encapotado de la noche en que conocí a uno de los grandes latinoamericanos de nuestro tiempo, el ilustre maestro don Mario Vargas Llosa.

La conferencia del maestro fue magistral e inspiradora

La conferencia del maestro fue magistral e inspiradora

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6 comentarios en “Un Nobel en La Sorbona

  1. Que sensibilidad la tuya ,, haber escuchado a tan destacado personaje de las letras , un “Premio Nobel “, muchos ,tengo la intuicion han sentido como tu , para ti un poco mas especial porque tu escribes y segun mi modesta opinion lo haces muy
    bien , sigue para adelante Cesar Pimentel

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