Te debo una disculpa


Mamá,

Ante todo, te debo una disculpa. Es cierto que mis cartas no volvieron a llegar desde hace ya más de cuatro meses. Ya te dije una vez que soy como el gato de Alicia en el País de las Maravillas, que aparece y desaparece con frecuencia. Estoy seguro de que no hay excusas que lo justifiquen, sin embargo, apelo a tu comprensión de madre. En todo caso, estas líneas no pretenden defender mi ausencia, sino solamente, y como siempre, ponerte al día con mi andar.

En mi última carta te conté que estaba a punto de salir al Auyantepui, un viaje que había soñado desde hacía años, ascender el tepui más importante de Venezuela, y cruzar la meseta de un extremo al otro para llegar hasta el nacimiento del Salto Ángel, la catarata más alta del mundo. Recuerdo haberte escrito en la madrugada previa a la partida. Estaba en la posada de Ciudad Bolívar, pero no podía dormir por la emoción, la ansiedad, la impaciencia.

Madre, no tienes idea de lo extraordinario que fue ese viaje. Fue una alucinación de doce días. Sin duda, el trekking más exigente que he hecho en mi vida. Muy duro. Las caminatas por la sabana, agradables como siempre, pero luego comenzamos a ascender las paredes del tepui y la verdad había tramos de absoluta escalada. Paredes totalmente verticales donde había que poner no sólo las dos piernas y los dos brazos para subir, sino toda el alma y el corazón. El Auyantepui es muy particular, es como si sobre la meseta hubiera otra meseta, y sobre esa otra más. Es como si estuviera compuesto de terrazas. Y encima, las vistas son incomparables, inesperadas. Todo es verde, lleno de vegetación muy frondosa, árboles fuertes de cuatro metros de altura, ríos anchos que dibujan eses en la superficie, practicables si hubiéramos tenido algún bote inflable, y deliciosos para refrescarnos en las tardes después de cada jornada. No me lo creerás, pero la superficie del tepui es enorme, mide 700 Km², es decir que ahí podríamos meter siete veces la ciudad de París. Gigantesco. Desproporcionado. Uno se olvida que está caminando sobre la cima de un tepui, aquello parece una selva perdida, llena de colinas, rocas tiradas en desorden, un horizonte fértil e interminable.

Auyantepui
Auyantepui 3

Por allá, como al sexto día, llegamos al punto más difícil de la expedición: un calvero de fango espeluznante. A cada paso, nuestros pies se hundían  en el barro hasta los tobillos. Era muy difícil avanzar en esa superficie, toda pelada, sin ramas siquiera que nos protegieran del sol, con el agua empantanada subiendo en vapores entre el calor del mediodía. Dos veces, al dar un paso desprevenido, entró completa mi pierna derecha en el lodo, toda, hasta la cadera. Así de engañosa era la superficie, así de riesgoso caminar sobre ella. Por fortuna, andando en grupo, varios compañeros se apresuraron a darme una mano para sacarme fuera. Nos tomó dos horas y media atravesar ese escollo tan duro. Al final nos echamos a dormir tan pronto arribamos a nuestro campamento de turno, serían si acaso las siete de la noche.

Canón del Diablo

Lo cierto es, madre mía, que según lo previsto llegamos al nacimiento del Salto Ángel un domingo por la tarde. El día era magnífico, el viento reconfortante, el cielo alegre, el sol gentil, el silencio cómplice. El grupo iba algo más lento esa tarde, yo en cambio me sentía renovado y decidí adelantarme. Caminé sólo unas tres horas a través del tepui, con los sentidos alertas para no extraviarme, cosa muy fácil en un sitio tan remoto lleno de falsos caminos. Iba feliz, sonriéndole a la vida, agradecido de estar allí, a sólo pasos de cumplir un gran sueño, contento por la salud de que gozaba, por las piernas con que caminaba, por el espíritu que no decaía a pesar del cansancio. Llegué al campamento, tres indígenas ya habían arribado. Tiré las cosas a un lado y dos de ellos me acompañaron hasta el mirador del Salto. Era una caminata ligera de veinte minutos. Ya sin los quince kilos de mi morral encima, y cada vez más emocionado, apuré el ritmo y pronto mi corazón dio un brinco: el rumor de la catarata susurraba ya en nuestros oídos. Apareció entonces a un costado el cauce del río que corre sobre la cima del tepui y que a tan sólo unos metros habría de desgajarse en catarata infinita. Se me salieron las lágrimas. Pensé en ti, madre, en mi papá, en mis hermanos, en mis sobrinas, en Paola, y luego en los que de alguna forma me acompañaban en ese instante, los que me dieron ánimos antes de partir, los que llamaron para desearme buena suerte, los que dejaron un mensaje de buen viaje, los que me pidieron que les recordara desde la cima. El rumor del Salto se hizo más fuerte a cada paso, como el estruendo de una tormenta que se aproxima. Supe entonces que habíamos llegado, cerré los ojos, dejé escapar muchas lágrimas más, y me asomé al borde de la montaña. Sublime. ¿Para qué intentar describir lo indescriptible, madre mía, para qué tratar de poner en palabras lo que los adjetivos son incapaces de expresar? Allí estaba, el lugar más hermoso que han visto mis ojos, un valle perfecto, un río caudaloso convertido en espuma que vuela, una tarde inolvidable, la sensación victoriosa del que ha perseverado, la convicción de que no hay distancias que no puedan alcanzarse con esfuerzo y voluntad. Ese no fue un viaje de trabajo, madre, fue una lección de vida, fue un capítulo excepcional de mi historia personal, dos semanas que viví consciente de que eran aquellos varios de los mejores días que habré de contar.

Auyantepui 5

Dejamos el Salto Ángel dos días después. A la novena jornada mis fuerzas decayeron, me enfermé del estómago, no tenía ganas de comer —¡así me sentiría de mal!—, y anduve arrastrando los pies hasta que llegué pálido y deshecho al campamento esta tarde. Es que la noche anterior, procurando hidratarme, me tomé un suero que me cayó como un tetero descompuesto. Por fortuna, a la mañana siguiente amanecí de nuevo restablecido, y así se mantuvieron mis ánimos hasta el final del viaje.

Auyantepui 4

Todavía hoy lo recuerdo y suspiro. No siento nostalgia, porque seguro estoy de que viví cada segundo de ese viaje con total intensidad. Es algo que aprendí de otras salidas. Carpe Diem, mucha razón tenía el filósofo.

En fin, sabes que tras volver del Auyantepui, di en Caracas el paso más importante de mi vida: ¡me casé! Claro que lo sabes, ¡si estuviste ahí! 😉

Bueno, madre, y sabes también que luego de la boda nos fuimos a Roma de luna de miel, y de allí nos hemos venido a París… es decir, nos mudamos a París.

Y desde acá te escribo, desde mi nuevo campamento en el distrito 13 de esta magnífica ciudad, donde vivo desde mediados de marzo. Aquí la vida es una sonrisa constante, muy a pesar del clima que pega frío y lluvioso como un nieto del diluvio. Instalarnos en París nos ha tomado tiempo y atención, a la par he seguido escribiendo mis crónicas, leyendo, y desde mediados de marzo estudiando.

Creo que ahora entenderás mejor las razones de mi imprevista desaparición. Pero ya estoy de vuelta, madre mía, y espero no fantasmear otra vez en mucho tiempo.

Te amo con todo el corazón, y en la distancia te mando un beso agradecido,

Johan

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4 comentarios en “Te debo una disculpa

  1. Que bellas fotos, esa maravilla no la pude conocer y me quede con las ganas espero un dia volver a Venezuela para conocerlas, hable el otro dia con Elvis y me conto de tu boda, felicitaciones y que Dios los bendiga en esta nueva vida de amor y felicidad………..de eso se trata el matrimonio cuando uno da todo lo que tiene para hacer feliz a su pareja pero es como esa catarata constante……..y para toda la vida, un fuerte abrazo y que bueno que estas de vuelta te extranaba miles!!!! mi hijo prodigo.

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    1. Qué maravilla leer de nuevo tus comentarios! Muchas gracias! Razones siempre quedan para volver a los lugares que visitamos! Cuando vayas a Canaima quedarás enamorada! Recibe un abrazo desde la bella París, y gracias también por lo de “hijo pródigo”!. Hasta pronto!

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      1. Amigo, que buen blog. Yo anhelo visitar tantos lugares como tú lo haz hecho! Que te siga yendo bien en la vida 🙂

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