La hora de partir


Madre,

Casi no puedo dormir. Bueno, eso no es nada nuevo dado mi crónico noctambulismo, pero esta vez sé bien cuál es la razón: estoy a horas de comenzar un viaje que he soñado por años. De modo que me asalta de nuevo, a mis treinta años, lo mismo que a los ocho me hacía pasar una noche en vela: la promesa de un viaje inolvidable: en aquel entonces era una salida a la playa, un paseo de ida y vuelta a cuarenta minutos de Caracas que yo asumía con la seriedad de una expedición y con la emoción de unas vacaciones familiares de ocho horas; ahora, en cambio, el viaje va lejos, hasta un punto perdido en el mapa, a jornadas enteras de marcha sostenida, aislado del mundo por dos semanas, sin más conexión que aquella que misteriosamente establecemos mentalmente con los seres que amamos cuando una distancia tremenda nos separa.

Parto con varias encomiendas. Una, la que origina esta empresa, es la pauta difícil de ir y venir para contar todo cuanto hagamos, cuanto veamos, cuanto sintamos, cuanto alucinemos. De la Pao, mi novia, cargo una petición: “No vengas tan flaco, por favor”. De ti, madre, tu eterno “Cuídate mucho, cierra bien la carpa para que no se meta ningún animal, y regresa completo”; de Dianita, mi amada sobrina, me llevo su inocente: “Tráeme caramelitos, tío”, que me pide sin falta en cada viaje, como si esta vez pudiese encontrar un quiosco de dulces a mitad de la sabana; de otros me llevo el compromiso de recordarles desde el filo de la montaña ante la visión del Salto. Yo, en tanto, me marcho con la promesa propia de cumplir la travesía —cosa que no puedo dar por sentada—: estoy obligado a subir, hacer cumbre, y volver a bajar. Me voy con el pacto firmado en silencio con la hoja en blanco que aquí se queda, ansiosa pero mezquina a la espera de su historia. Me voy también con la ilusión inequívoca de que en un rato, cuando haya subido a ese avión en dirección a Canaima, habrá comenzado para mí una nueva película, habré abierto de nuevo una página repleta de historias fantásticas que se irán relatando en el curso de los próximos días. Aquí voy, pues, con la certeza absoluta de que me aguarda un viaje extraordinario, como aquellos que hace un siglo contaba el maestro Julio Verne.

Madre querida, me despido con un beso y un llamado a tu paciencia, tus buenas vibras y a la fe que tienes en el dios en que has decidido creer: está tranquila, yo estaré bien.

A fin de cuentas, no sé porqué me despido, si aquí siempre viajas conmigo.

Te amo mucho, y hasta pronto,

Jo

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