Viaje inexplicable


Madre,

Te escribo con gran emoción: dentro de apenas dos días dará inicio este viaje que he soñado por años: un trekking al Auyantepui donde no sólo remontaremos su imponente pared para conquistar la cumbre, sino que después cruzaremos la plana superficie de la cima para llegar hasta el punto supremo donde prorrumpe la más alta de todas las cataratas de la tierra: el Salto Ángel, ese nombre que a nosotros, como venezolanos, nos remueve las fibras, las emociones, nos reconcilia, nos llena de esperanza, nos hace recordar que siempre ha habido, y que siempre habrá, cuando menos una razón irrebatible para sentirnos orgullosos de haber nacido en Venezuela.

Ya sabes que hoy sábado parto a Ciudad Bolívar, dormiré en Casa Grande Angostura, una posada hermosa y colonial, llena de pasado y ubicada en pleno corazón del casco histórico. El domingo lo dedicaré a descansar, que en mi idioma significa caminar por las calles, tomar fotos, leer y escribir un rato (si hay gym en la posada te prometo que correré mis 5 Km de rutina).

Casco histórico de Ciudad Bolívar

Casco histórico de Ciudad Bolívar

En tanto el lunes, a primera hora, volaremos hasta Canaima, y ese mismo día iniciaremos nuestra empresa inexplicable. No he conseguido mejor adjetivo para calificar este empeño nuestro en subir hasta la cumbre del Auyantepui, atravesar la meseta para llegar hasta a la fuente del Salto, mirar la caída y devolvernos: doce días de largas caminatas bajo el sol de la sabana, por lo menos una semana ascendiendo la pared de rocas, andando sobre su cenit y regresando.

Cinco personas han venido desde Inglaterra para unirse a este viaje. ¿Por qué lo han hecho, cuando por el mismo dinero que pagarán acá podrían darse una vuelta larga por los encantos de Europa? ¿Por qué un hombre se ofrece de guía para acompañar al grupo? ¿Es que acaso no ha encontrado un trabajo menos duro o mejor pagado por hacer? ¿Por qué yo, un periodista que podría estar hablando de deportes, economía o de la enfermedad del presidente, me embarco en esta peregrina jornada llena de imponderables? No lo hago porque sea mi obligación, ni por el dinero que me pagan, ni porque adore la picada de los mosquitos del monte, ni porque sea un fan de estar lejos de la casa y los afectos. Entonces, quizá no haya explicación lúcida que pueda responder tan oportuno por qué, y por eso “inexplicable” pareciera ser el apellido de este viaje. Por si fuera poco, dentro de dos semanas, cuando haya vuelto con los ojos incrédulos ante la majestuosa belleza que el camino habrá de depararme, regresaré puntual a esa palabra entrecomillada —“inexplicable”—, pues seguro estoy, madre mía, que aunque piense día y noche cómo traducir nuestra aventura en letras y signos de puntuación y espacios en blanco, no podré nunca explicar a ciencia cierta lo que sólo se entiende en la sabana, en el ascenso, en la cumbre, lo que sólo comprenderé ante el rumor de trueno de la cascada sin fin. No hay fórmulas, ni verbos justos ni conjugaciones posibles ni adjetivos fieles que puedan explicarlo. Complicado oficio me he buscado, el de pretender explicar lo que muchas veces se antoja inexplicable.

No obstante, como un juramento solemne, te prometo hacer mi mejor esfuerzo en cada paso, y en cada letra que luego habrá de corresponderle. Te dejo un beso, y hasta pronto,

Jo

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