Entre 5 Estrellas y una carpa


 

Madre,

Perdona que no te escribiera antes, pero mi última semana ha sido intensa, con muchos textos por escribir, y sin tiempo para más nada. Te confieso que ahora, después de un mes en Caracas, por fin mi cabeza comienza a salir de Río de Janeiro. Aunque no puedo ocultar que eventualmente, cuando estos cielos venezolanos amanecen azules y radiantes, me da de pronto el deseo ardiente de estar, bajo el mismo sol, tendido en la arena blanca de Copacabana, o trotando a las orillas de Botafogo y Fluminense, o de cabeza en las frías aguas de Ipanema.

Lo bueno ha sido que estas últimas cuatro semanas he andado metido de lleno en todas las historias que traje de Brasil. Ya he escrito algunas de ellas, y todavía tengo pendientes otras más, de modo que sigo viajando en los caminos —¡quizá más emocionantes e impredecibles!— de las páginas en blanco que se van tiñendo de letras.

Pero este arranque trasnochado de escribirte una carta a las tres de la mañana viene a propósito no de un viaje precisamente, sino de una entrevista que hice el pasado domingo —sí, trabajé incluso el domingo de elecciones—; resulta que conversé con este caballero (no diré el nombre, por si acaso), que con poco más de treinta años es dueño y director de su propia empresa de viajes de ultralujo (así como suena, no lujo ni súper lujo, sino ultralujo). En fin, me contó que desde niño recorrió el mundo con su familia, por lo que presumí en el acto que era rico de cuna pues los hijos de Macario no tuvimos esa dicha. Pero, entre muchas cosas, algo me dijo que retumbó en mi cabeza: “Si un lugar no tiene un hotel cinco estrellas, entonces no lo visito. Yo voy detrás de las experiencias de lujo, de los paseos en yate, de los restaurantes gourmet. No viajo para pasar trabajo”.

Tuve que morderme la lengua para no contarle que hace tres años recorrí Suramérica en bus durante dos meses, que antes di un breve giro por Centroamérica, y que ya llevo a cuestas tres vueltas a Europa con mi morral al hombro. Estuve a punto de decirle que en Bielorrusia, hace apenas cinco meses, me enfermé de varicela y fui atendido en un hospital público del sistema comunista, que he dormido en aeropuertos, terminales de bus y estaciones de trenes a la espera de una partida a medianoche. Él me hablaba de los hoteles glamorosos de la Costa Azul, y yo pensaba en el hostal de Cartagena donde pagué diez dólares por noche, o aquel de Puno, en Perú, que costaba ocho, o el de las sábanas percudidas de Uyuni, en Bolivia, o los de siete euros que se encuentran en Polonia. Y para no ir muy lejos: fresco tengo en la memoria los días alucinantes que acabo de pasar en la favela Santa Marta, en mi querido Brasil.

Mi entrevistado, en cambio, nunca ha morraleado, y cuando le pregunté si acaso lo lamentaba, me dio un rotundo no, como si estuviéramos hablando de algo ilegal. Claro, me aclaró en todo momento que respetaba a quienes lo hacían, pero que simplemente él no era de ese tipo de viajeros.

Por fortuna, he tenido la oportunidad de encontrarme también en el otro extremo del itinerario: yo también he viajado como rico. Mientras él me relataba los placeres de unas vacaciones de ultralujo, cómo no, también volvían a mi mente los días confortables que pasé en el Hotel Marquis, en pleno Paseo de la Reforma en México DF, o las tardes soleadas en aquella piscina infinita de un resort en Panamá, o las fiestas VIP en la Isla de Margarita, o los 5 Km que corrí en el gimnasio del Hotel Panamericano, en Buenos Aires, con vista al Obelisco iluminado de la Avenida 9 de Julio, o la semana alucinante que viví también en Río yendo por los mejores restaurantes de la ciudad en carro blindado y con escoltas —eso merece otra carta, ¡te la prometo!—. Inolvidables los hotelazos donde me hospedaron la segunda vez que fui a las Cataratas de Iguazú, una ironía total pues apenas dos meses antes había estado en el mismo sitio pero, con un presupuesto que se hacía agua, opté por quedarme en una zona de camping donde, por cinco dólares, dormí bajo un aguacero terrible en una carpita para dos personas.

De modo que, en cierto grado, he probado las mieles de ambos panales: sé lo que es viajar sin preocuparse por el dinero, y entiendo también lo que es andar contando los billetes para cada día. Y creo, sin la menor duda, que ambos polos tienen sus extraordinarias recompensas pues en los dos extremos —en la cocina común de un hostal y en el lobby reluciente de un hotel— conoces gente igual de interesante y cautivadora, ejecutivos de corbata, profesionales en busca de aire, trotamundos empedernidos, hippies irrenunciables, inspiración, ideas, historias, personajes, cuentos inéditos ansiosos porque alguien los ponga en blanco y negro en un papel, anécdotas que durarán toda la vida, memorias que ni el Alzheimer debería profanar, incentivos para seguir siendo un nómada devoto, esos momentos en que uno agradece haber salido de casa, bien sea por la delicia suprema de probar un plato exquisito en un restaurante suntuoso, o por el privilegio de mirar un atardecer anaranjado al borde de un vino compartido a las orillas de un río en el verano de Europa. Y es que creo que todo viaje promete algo antes de partir, una ilusión, una aventura, un sueño lejano, una respuesta. Y creo también que todo viaje, tarde o temprano, termina cumpliéndonos. Y allí diferí radicalmente de mi respetado entrevistado, pues para mí el destino no es —y espero que no sea nunca jamás— la almohada emplumada de una suite con muchos ceros a la derecha; para mí el viaje va más allá de la comodidad, de las persianas eléctricas, los clósets con caja fuerte y los baños con tinas, duchas suecas, batas, pantuflas y potecitos de champú. Para mí el viaje es una experiencia integral, es la calle, es el Metro, es el olor de las mañanas, el desayuno en la esquina, la conversación con el desconocido del bus, el trago ocasional con la rubia de al lado, la salida repentina con dos fugaces amigos, perderme mirando un mapa sin tener idea de dónde estoy, es caminar por horas en silencio, en soledad, por la vastedad de una montaña escuchando solamente el tronar de mi corazón acelerado, y el engranaje de mi cabeza que por fin consigue el tiempo para pensar sin prisas, sin reparar en si esa noche habré de pernoctar en un Sleeping Bag o en una King Size con vista al mar. Para mí el viaje es la promesa de una historia extraordinaria que se me confía con la sola condición de que luego la devuelva convertida en crónica, reportaje, y si se me llegara a conceder un talento superior, hacerla devenir en cuento o novela. Y allí me atrapa esta fuerza irresistible de volver a salir, de buscar nuevamente ese argumento, pues convencido estoy de que las musas, hermosas y generosas, delgadas y gordas, perfiladas y chatas, con sus túnicas largas y cabellos ondulados, con sus miradas graciosas y sonrisas leves y enigmáticas, como de Mona Lisa, descansan tan plácidamente en la habitación de Chanel en el Hotel Ritz de París, como en las banquetas de la Piazza Navonna de Roma, donde también, madre mía, hube de despertar alguna mañana de agosto inolvidable, tras una noche entera deambulando por las calles eternas e inspiradoras de esa antiquísima y romántica capital italiana.

Gracias por leer mis reflexiones, mamá. Te mando un beso, y aquí te dejo una de mis postales preferidas, desde mi carpa (mi hotel de 5 estrellas), en el campo base del Monte Roraima, en Venezuela.

5 estrellas y una carpa

Johan

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4 comentarios en “Entre 5 Estrellas y una carpa

  1. Hola!! tu blog está genial, me encantaria afiliarlo en mis sitios webs de turismo y por mi parte te pediría un enlace hacia mis web y asi beneficiarnos ambos con mas visitas.

    me respondes a munekitacate@gmail.com

    Felices fiestas!! besoss!!
    Emilia

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    1. Gracias por la visita!!! Y gracias también por el apoyo!!! Con todo gusto me encantaría conocer tu web y ver el trabajo que haces!!! Te mando un abrazo, y por favor déjame tu dirección para entrar! Feliz navidad!!!

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