Visita Imperial


Mamá,

Espero estés bien. Acá te cuento brevemente sobre mis últimos días en Brasil. Después de pasar casi dos semanas sin moverme de Río, por fin salí a visitar un par de ciudades cercanas. Primero me fui a Petrópolis, a escasa una hora de distancia. Ya te imaginarás por el nombre que este lugar fue fundado por Don Pedro II, el Emperador. Resulta ser que, como el verano en Río era terriblemente caliente, el señor se mandó a construir un lugar de descanso donde pudiera pasar la estación alejado del calor. La zona elegida era notablemente más fresca, llena de verdor, con algunas montañas que adornaban el paisaje, y bastante cerca del foco de poder del país. Allí se mandó hacer un palacio veraniego espectacular, con todos los lujos y acabados al estilo europeo. Es impresionante ver cómo esta familia real, al ser expulsada de su Portugal natal, se vino a Brasil y estableció su Imperio con el mismo criterio ostentoso y derrochador que tenían en el Viejo Mundo. No por casualidad el nombre de este sitio es Petrópolis: la ciudad de Pedro. Muy cerca de allí se levantó otra pequeña urbe. ¿Que cómo se llama? Teresópolis. Bueno, mamá, la esposa de don Pedro era, lógicamente, doña Teresa. Menos mal que mi papá no fue Emperador. ¡Te imaginas! Se hubiera mandado a hacer una “Macariópolis”. ¡Qué nombre tan pegajoso habría sido vaya! Y a ti te regalaba “Carmensópolis”. ¡Qué locos estos reyes!

Bueno, lo anecdótico fue que apenas llegué a la ciudad ubiqué una oficina de turismo para buscar un mapa y algunas indicaciones. Pues cuando se enteraron que era periodista y que estaba haciendo un reportaje sobre la ciudad armaron un rebullicio y llamaron por aquí y por allá, y quince minutos después ya tenía entradas de cortesía para algunos museos, un almuerzo gourmet en el restaurante Duetto’s, un sitio bien chic frente al Museo Imperial, y hasta comenzaron a llamar hoteles a ver si quería quedarme en la ciudad.

Lo cierto fue que, a pesar de la lluvia que no me dejó en paz en todo el día, pude caminar la zona más antigua, visité el Museo Imperial (donde vivía el Emperador durante el verano), y la Casa de Santos Dumont, todo un descubrimiento personal. Me dio vergüenza admitir que no conocía a este genio suramericano, un inventor sin límites que fue el primero en lograr maniobrar un globo, dando nacimiento así a los dirigibles. De hecho, para demostrar que podía dominarlo a voluntad, le dio la vuelta —¡nada menos!— que a Torre Eiffel. Hay fotos de ese día. Santos Dumont fue, en términos técnicos y reales, el primero en volar. Es decir, despegó por sus propios medios, se elevó en el cielo, y aterrizó por sí mismo. Los hermanos Wright, que sin duda han tenido una mejor oficina de relaciones públicas, son sin embargo considerados los padres de la aviación en el mundo.

Pero la historia de Dumont va mucho más allá de esto. En la París de principios del siglo pasado, donde se fue a estudiar y a inventar en su juventud, solía salir de paseo sobre la ciudad pilotando su globo; no era raro que de pronto hiciera una pausa para caminar, dejando la nave estacionada en alguna esquina de los Campos Elíseos. En efecto, para que pudiera tener control del tiempo y ambas manos libres para maniobrar al momento de volar, el señor Cartier diseñó especialmente para él lo que luego se conocería como el primer reloj de pulsera de la historia. Hoy día esta marca tiene una línea de relojes llamada “Santos”, en su honor, claro está.

No obstante, cuando sus avances en la invención de aeronaves comenzaron a utilizarse con fines bélicos, su genio cayó en una profunda depresión. Retornó a Brasil y se retiró como inventor, dedicándose a escribir y leer. Se instaló en esta Petrópolis maravillosa, construyó a su estilo La Encantada, una casa minúscula pero absolutamente funcional, y allí pasó varios años en soledad.

Una tarde, cansado de ver cómo el avión, su sueño de toda la vida, se había convertido en una máquina bombardera de la muerte, sumado a otros conflictos personales y a su desazón por la inminente crisis en que se hundía Brasil a las puertas de una guerra interna, este héroe del continente, tristemente, se quitó la vida colgándose en São Paulo, donde pasaba unos días en casa de un sobrino. Tenía apenas 59 años. No dejó hijos.

No sólo el primer aeropuerto de Río lleva su nombre, sino también el avión presidencial, el estado donde nació, y el cráter lunar donde alunizó el Apolo 15. ¡Dime tú si esta no es una historia fascinante!

Luego, madre mía, me fui un par de días a Búzios, a casi tres horas al norte de Río. Es una ciudad costera, muy tranquila, totalmente turística, y popularizada por Brigitte Bardot, quien supuestamente frecuentaba el lugar en la década del sesenta. Los días en Búzios, honestamente, me los tomé para descansar. Hay que reconocer que desde que llegué a Brasil  no había parado yendo de un lugar a otro, todo cumpliendo pautas de lo que luego he de escribir. Así que me relajé, corrí 5 Km la única noche que estuve allí, y luego salí a probar algunos locales nocturnos hasta las dos de la mañana.

Después regresé a Río, como nuevo… para la última etapa de este viaje… te adelanto que en la próxima carta te contaré cómo es la favela de noche. Es que espero pasar no una, sino dos noches en el barrio de Santa Marta, donde mi nuevo amigo Gilson se ofreció hospedarme para que pueda vivir la experiencia de dormir en la favela. Con esto, ya tendré la historia completa que necesito contar.

Bueno, aquí te dejo una foto del Palacio Imperial y me despido.

Palacio Imperial de Petrópolis

Te amo mucho, pronto te escribo más.

Jo

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