Antes de naufragar


Amanecía el viernes 5 de junio de 2009. Me encontraba en el noveno día de una expedición de cuatro semanas en el Amazonas venezolano: hacíamos la Ruta Humboldt, bautizada así pues el viaje consistía en desandar el itinerario que hace doscientos años completara el célebre explorador alemán cuando recorrió América del Sur en compañía del insigne Bonpland.

Yo estaba allí para escribir una gran crónica que ocuparía más de treinta páginas en una revista de viajes. Siempre navegábamos en La Iguana, un barco de madera muy hermoso, pequeño pero lleno de poesía, como el que debió llevar a Florentino Ariza y Fermina Daza por los ríos de El amor en los tiempos del cólera. Sin embargo, mientras esperábamos la llegada de unos científicos españoles que se unirían a la expedición, me habían invitado a una visita de cuatro días a la comunidad de Culebra, al norte de la selva, desde donde me adelantaron que se veían los mejores paisajes del Amazonas. No dudé en aceptar.

Aquella mañana, la de la foto, se levantó especialmente nublada y fría. La tarde anterior habíamos dejado el barco para remontar en lancha unas tres horas por el río Cunucunuma. Paramos para pernoctar en el medio de la nada, colgando nuestras hamacas en un bongo abandonado en la orilla. A las 5:30 am (nunca entenderé porqué tan temprano), el viejo Francisco Díaz —el motorista— nos sacó del sueño para comenzar la travesía del día.

A regañadientes me levanté y apenas tuve tiempo para descolgar la hamaca y darme una superficial cepillada de dientes: diez minutos después navegábamos de nuevo el Cunucunuma. En aquella modesta barca de aluminio apenas cabíamos los tres: El Tío —un madrileño que viajaba trabajando a bordo a cambio de trasporte y comida—, Francisco y yo. Al rato nos detuvimos un par de minutos en una comunidad llamada Acanaña, donde era necesario cumplir un trámite de rutina con la Guardia Nacional. Serían las 6:15 am: en ese momento tomé la fotografía: fue la última que hice con aquella cámara.

Seguramente por la somnolencia de la hora, el soldado de turno nos hizo señas de que siguiéramos: no valía la pena parar para poner nuestros nombres en un libro gordo donde llevaban el control de quiénes circulaban por la zona. Entonces continuamos río arriba…

El Tío iba en la proa, y yo cabeceaba sentado sobre un chaleco salvavidas mientras oía los cuentos mañaneros de Francisco Díaz. Una pertinaz llovizna y la brisa afilada acentuaban el frío. Habríamos navegado unos 45 minutos desde Acanaña, el último punto habitado que pasamos, cuando de pronto, sin previo aviso, la lancha dio un fuerte tirón en el agua, fue como la coleada de un auto sobre pavimento mojado: viramos 180° sobre nuestro eje. No obstante la fuerte sacudida, tan solo alcancé a tambalearme en mi puesto: nada de qué alarmarse, pensé.

Lo que siguió fue muy rápido: el Tío gritó “¡Achica!”, yo me volteé para mirar a Francisco y mi mayúscula sorpresa fue ver que la parte posterior de la lancha estaba bajo el agua, el río ya daba por las rodillas del viejo. Me siento tonto al recordarlo, pero no encontré nada mejor que decir sino un absurdo: “Oh, oh”. Lo demás ocurrió en un segundo: la lancha se fue, desapareció por completo, el río ahora estaba por encima de mi cabeza, y yo pateaba bajo el agua para salir a flote. En un último instinto materialista, antes de hundirme lancé un manotazo y agarré mi morral, el cual luchaba por sacar a la superficie consciente de que allí naufragaban mis pertenencias más valiosas: computadora, iPod, grabador, cámara fotográfica, internet inalámbrico, dos teléfonos, mi libreta de notas y un par de libros. Sin tiempo para comprender lo que sucedía, saqué la cabeza y vi al Tío que nadaba delante de mí; detrás, a unas cinco brazadas, el viejo Francisco chapoteaba con cara de desconcierto. Yo apenas alcanzaba a preguntarme: ¿Qué pasó?

De repente hubo un gran silencio, hondo, largo, tan sólo oía mi respiración… y recordé a mis padres, mis hermanos y mi novia: “Sé que esto no les parecerá divertido”, pensé con una pizca de buen humor. Nadé como pude, y tras unos minutos alcancé la otra orilla, donde me esperaba, brillante como siempre, la vida. Tal vez suena dramático el asunto, pero hay que estar en esa situación, con el agua al cuello a mitad de un río en la selva, para comprender la sensación de fragilidad que nos embarga.

Por fortuna los tres hombres alcanzamos tierra sin problemas, nadie salió herido, ni golpeado. Junto con el Tío caminé por la orilla del cauce unas dos horas tratando de recuperar las cosas que flotaron río abajo (era tan difícil andar por la selva que en esas dos horas, como máximo habríamos avanzado unos 300 metros). Al encontrar algunas pertenencias aisladas (una cava con un kilo de arroz crudo, un par de enseres de cocina y el salvavidas que me había servido de asiento), volvimos al lugar del naufragio donde nos reunimos con Francisco Díaz, que todavía no superaba la confusión por lo ocurrido. Así, solos los tres, nos sentamos a esperar que alguien pasara por aquel Cunucunuma.

Hay que resaltar en este punto que los ríos del Amazonas son hermosos, pero también pueden ser trampas mortales. Perderse en ellos se convierte muy rápido en una pesadilla, pues, para empezar, son solos y, de hecho, hubo días en ese viaje en el que navegamos sin parar por diez horas sin conseguir jamás a ninguna embarcación en el camino, y ni siquiera a alguna persona en la orilla o una hilera de chozas.

Aquel 5 de junio, como para reverenciar la Ley de Murphy, una molestísima lluvia marcó el inicio del invierno en la selva. De manera que, sin lograr secarnos en todo el día, pasamos nueve horas escrutando las aguas, con el oído atento al más mínimo sonido.

La buena noticia fue que el Tío no había perdido su provisión personal: dos latas de sardinas. Una nos sirvió de desayuno y la otra de almuerzo. Yo tenía una barra de chocolate que sería, in extremis, nuestra cena. Pero no fue necesario: eras las 3:25 pm cuando roncó el motor de una curiara, que en tales condiciones, lejos de su estridencia mecánica, se oyó como el canto de todos los pájaros del mundo: era un traqueteo de esperanza. Iban en aquella barca cuatro indígenas de la etnia yekuana que al escuchar nuestros gritos se acercaron de inmediato. Francisco les contó la situación en su idioma nativo y ellos, amablemente, se dispusieron a llevarnos a Acanaña, la comunidad más cercana que en ese momento, en las circunstancias en las que estábamos, era para nosotros como llegar al hotel Ritz de la Place Vendôme de París.

La noche cayó oscura y con un aguacero desmedido. Agotado, inmóvil sobre la hamaca y con los ojos pelados en la oscuridad de una gran choza donde nos hospedaron los indígenas de Acanaña, yo pensaba en lo que habría sido nuestra pesadilla si hubiésemos tenido que pernoctar en la selva, como hubiera ocurrido de no ser por la providencial aparición de los yekuanas.

A la mañana siguiente me espeluzné desde temprano cuando salí y vi frente a la comunidad el cauce bravo del enorme río crecido. La torrencial lluvia de la noche anterior, que nosotros bien hubiéramos sufrido a la intemperie, había aumentado el nivel del agua en más de dos metros.

De todas mis pertenencias, sólo el iPod sobrevivió unos ocho meses más, al igual que la memoria de mi cámara, donde recuperé la imagen que acompaña este escrito. También encontré esta otra foto que tomó el Tío durante el atardecer del día anterior. Navegábamos ya el río Cunucunuma. El viejo del fondo, claro está, es Francisco Díaz. Y yo, feliz cantando victoria, era inocente de todo cuanto habría de ocurrirnos al cabo de algunas horas.

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