Me perdí en Río


Madre,

Esta carta no es sino una continuación de la anterior, sólo que en aquella, para no extenderme demasiado, obvié el detalle que aquí te cuento, sobre todo para evitar que se traspapele entre tantas anécdotas y termine en el olvido.

Te dije que el último domingo, después de volar en Ala Delta y pasar el día en la playa, volví al hostal y unos amigos que acababa de conocer me invitaron a tomar un trago en Santa Teresa, donde me hospedaría por tres días, en una colina muy hermosa desde donde se observa gran parte de Río teniendo al Cristo Redentor como vecino directo, allí, al borde de la ventana. Bueno, resulta que una de las muchachas del grupo tenía carro y así fuimos hasta un bar que está a unos quince minutos bajando la colina. Nos tomamos un par de cervezas y luego fuimos a otro local, lleno de color, gente, ruido, de paredes brillantes y ventiladores que giraban en cámara lenta colgados del techo. Adentro no había espacio ni para Gisele Bündchen, así que nos paramos en la acera frente al sitio, tal como hacen los ingleses en los pubs de Londres.

Lo cierto es que cuando decidimos partir, cerca de la una de la mañana, me enteré de que ninguno de mis nuevos amigos volvía al hostal, sino solo yo. Por diferentes razones los cinco habían estado allá arriba —un francés, un alemán, una estadounidense, un brasileño y la francesa del carro—, pero todos dormirían en diferentes lugares. Como en Brasil son muy estrictos con la llamada “Ley Seca” —que prohíbe conducir aún cuando te hayas tomado siquiera un sorbo de caipirinha—, y como yo estaba muy cerca del hostal, Francisco, que vive en Río, me explicó cómo llegar de regreso por mi propia cuenta. Era muy simple, la verdad: Camina derecho —dijo—, todo el tiempo derecho, siguiendo los rieles que están en el piso, y unos doscientos metros antes de que se acaben los rieles, conseguirás la calle en la que debes cruzar a mano izquierda: está señalada con un cartel que dice Dr. Julio Otoni. ¿Cuánto tiempo debo caminar?, pregunté. Veinte minutos, calculó.

La estadounidense me dijo: ¿No te da miedo subir caminando? Yo sonreí y recordé fugazmente la noche de verano, hace dos años, en que me perdí a las afueras de Praga, en República Checa, en una carretera oscura y absolutamente sola —otro día te cuento esa historia, mamá—… y le dije: Don’t worry, I’ve been in worse situations (Tranqui, he estado en situaciones peores). Claro, según me indicó Francisco, esto era sencillo: caminar derecho siguiendo los rieles. Bueno, me despedí de todos y comencé a subir. Después de veinte minutos activé los sentidos esperando encontrar mi cruce a la izquierda en cualquier momento. Vieja, escucha esto: ¡¡¡caminé una hora y cuarenta y cinco minutos!!! ¡¡¡Y nada!!! Ahora que lo escribo, a mí mismo me suena ridículo que hubiese seguido andando durante tanto tiempo, pero tengo mis argumentos: 1) no había encontrado el cruce a la izquierda debidamente señalizado; 2) todavía no se acababan los rieles en el piso…

Por allá conseguí a un hombre que también caminaba en la calle sola y oscura, y comenzamos a andar juntos. Como siempre, la Ley de Murphy no falla: era nuevo en la zona y no conocía la fulana calle Dr. Julio Otoni. De modo que nos acompañamos un buen rato, él me contó que tenía dos hijos, una mujer, y que trabajaba hasta tarde todas las noches. Llevaba en la mano una Biblia, y varias veces me preguntó: ¿Seguro que tu hostal queda por aquí? Sí, decía yo, confiando en mi referencia imperdible: los rieles del camino: allí estaban todavía. En todo caso, cuando se acabaran, sólo tendría que regresar unos doscientos metros para encontrar mi calle. Eso me dijo Francisco… ¡bendito Francisco!

Por fin el hombre se despidió, Hasta aquí llego yo, me dijo, nos estrechamos la mano y él bajo unas escaleras al borde de la calle y desapareció. Yo me detuve un instante a mirar la ciudad que yacía iluminada y dormida en la distancia, y con esa bocanada de frescura retomé la marcha. Caminé y caminé, y comencé a sospechar que después de todo me había perdido. Aunque los rieles seguían allí, ya había andado demasiado tiempo. En algún momento pasé frente a dos favelas que supuse —más por optimismo que por otra cosa— que debían estar pacificadas.

Por fin emergió vida en medio de la soledad: pasó una camioneta a toda velocidad, y aunque casi me le atravieso para que se detuviera no lo hizo. Claro, yo tampoco me habría parado si encuentro a un bicho con esta cara, a las dos y media de la mañana, en una calle sola como esa.

Finalmente, madre mía, reconocí que no tenía la menor idea de dónde estaba: las líneas férreas sobre el suelo llegaron a su fin, y después no venía sino una suerte de trocha que se sumergía en la montaña; ninguno de los cruces a la izquierda que había pasado eran la calle de mi hostal. Ñoelamadre, pensé, con el perdón de la palabra. Estaba ya bastante cansado, sudado hasta las metras, un poquitín preocupado porque ahora sí que estaba bien perdido. Una luz llamó mi atención sobre mi cabeza y levanté la mirada… por eso esta sección se llama “Por mi madre”, porque cuando estas cosas me pasan debo apelar a ti, vieja querida, para poner tu nombre como garantía de que es cierto lo que digo: Por mi madre que a cincuenta metros por encima de mí estaba el Cristo Redentor. Me había subido, sin saberlo, ¡todo el Cerro de Corcovado! La visión me reconcilió, se llevó de un tajo cualquier inquietud, me embelesó su blanquísimo fulgor, su enorme presencia, una mole de concreto que a pesar de todo transmitía ternura, sí, protección. Me detuve un instante a mirar los detalles que desde mi posición eran visibles, el bigote apenas delineado, la cabeza inclinada, los pliegues de la túnica. Pero de pronto volví a la realidad: estaba perdido en lo alto de la ciudad, en una montaña sola y oscura, agotado, y con un papel arrugado en el bolsillo donde estaba garabateado eso que anhelaba encontrar: Rua Dr. Julio Otoni. Inicié entonces el descenso por la misma calle por donde había venido. Caminé mucho; al rato encontré de nuevo la escalera donde mi eventual amigo se había despedido, imaginé que ya a esa hora dormía… lamenté no haberle pedido alojo cuando pude, quizá en ese momento yo también estuviera descansando. Bajé y bajé, y seguí bajando, hasta que por fin, tras volver a pasar las dos favelas y otro montón de calles, esquinas y postes que recordaba bien, apareció un borracho sentado en una acera. Le pregunté en español por la calle que buscaba, por el hostal Casa 579 donde me hospedaba, le dije que estaba perdido, y él apenas levantó la mano y sonrió señalando: Pregúntele a ella. A cien metros, por fin, caminaba una mujer por el medio de la calle. Fui hacia ella pensando que lo último que me faltaba, es que aquella dama fuese en realidad La Llorona. Un espanto, pensé, ¡eso es lo único que le falta a esta noche! Pero no era La Llorona, a dios gracias, sino una amable señora que al ver el nombre escrito en mi papel dijo en portugués: Sí, ya llegó, está allí, en la esquina: esa es la calle que busca. Le agradecí y seguí: en efecto había llegado.

Ahora bien, madre mía, te estarás preguntando: ¿Por qué no encontraste la dirección cuando subías, hijo tonto? Bueno, algún día espero encontrar de nuevo al pana Francisco para preguntarle ¿¿¿dónde carrizo estaba marcado el nombre de la calle??? ¡No estaba por ninguna parte! Los rieles que me había ofrecido como referencia no se acababan nunca antes de llegar a lo alto del Cerro, de modo que esa otra indicación que me dio tampoco era válida. Pero tranqui, Francisco: te perdono.

Lo cierto, má, es que gracias a semejante equivocación tuve la fortuna de vivir lo que muy pocos viajeros pueden contar: que subí solo y a media noche el Cerro de Corcovado y llegué a cincuenta metros del Cristo. Algo que lamenté fue no haber tomado fotos durante la caminata. Es que ya hubiera sido demasiado descaro andar perdido en el medio de la nada en Río de Janeiro, de madrugada y con algunas cervezas a cuestas, y encima sacar la cámara… tampoco soy chino, mamá, pa tomarle fotos a todo.

Lo importante, a fin de cuentas, es que llegué. Me acosté muy tarde y muy feliz, y dormí como una bestia, tanto que por poco me pierdo el desayuno del hostal a la mañana siguiente.

Ahora bien, cambiando el tema, esta semana salgo de Río por unos días: voy a Petrópolis, y luego a Búzios. En las próximas cartas te cuento qué tal.

Aquí te dejo una foto del Cerro de Corcovado, visto desde la terraza del hostal… para que te hagas una idea de la perdida que me eché…

Te amo,

Johan

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