Volé sobre Río de Janeiro


Madre,

El pasado domingo tuve sin duda el mejor día de este viaje. La mañana se levantó limpia, azul, brillante, y el sol espléndido iluminándolo todo. Yo, hospedado en Botafogo, sólo tuve que subir a la terraza del hostal para mirar al Cristo Redentor que refulgía en lo alto del cerro de Corcovado. Eran las nueve de la mañana y, si todo seguía como hasta ese momento, era muy probable que pudiera volar en Ala Delta, tal como había planeado desde hacía un mes en Caracas. A esa hora hablé con Paulo, el instructor con quien acordé el vuelo, pero me indicó que a pesar de las buenas condiciones, el viento no estaba soplando con fuerza y así era imposible intentar algún despegue. Me pidió que estuviera atento al celular, que si algo cambiaba me llamaría de inmediato.

Desayuné sin quitarle la vista al cielo azul, y ante el silencio del teléfono me preparé para salir a la playa. Pensaba ir a Flamengo, que todavía no la conocía. Había caminado si acaso unos veinte metros en la calle cuando recibí un mensaje de texto emocionante, prometedor, largamente esperado: Vente para São Conrado que el viento cambió y vamos a volar.

De un brinco subí al primer taxi que pasó y corrimos hasta el lugar indicado. Cuando llegué, a varios centenares de metros sobre nuestras cabezas ya iba y venía un puñado de parapentistas. Enseguida me encontré con Paulo, arreglamos lo necesario en la oficina del Club de Vuelo Libre que controla todo lo referente a este deporte, y luego subimos la larga cuesta que nos llevó a lo alto de la montaña, justo a un lado de la Pedra da Gávea, donde se ubica la rampa de partida. Esperé con ansiedad la salida de unos cinco aventureros antes de nuestro turno, mientras tanto me ofrecieron una breve instrucción que se resumía en correr al mismo ritmo de Paulo al momento de saltar, y luego, básicamente, la indicación era “Agárrate”. Cuando por fin nos llegó el turno nos paramos al borde de la rampa sin quitarle los ojos de encima a las banderitas que marcaban frente a nosotros la dirección del aire. Había que esperar una corriente favorable. Entonces pensé en ti, madre mía, que si hubieras estado en ese sitio me habrías pedido una vez más que no volara, que no me arriesgara. Y yo, aunque te pese escucharlo, no habría podido obedecerte. Es que, para empezar, nunca siento que haya riesgo en estas cosas que hago. Segundo, ya sabes que es mi trabajo. Tercero, esto me apasiona, me alimenta, me inspira: es algo que ya se me antoja casi necesario.

¡Ahora! —dijo el instructor— ¡Corre! Y corrí sin dudar, como si delante de mí hubiera una pista de cien metros y no una rampa que al sexto paso ya no estaba bajo nuestros pies. Saltamos a la nada, y aquella estructura liviana a la que íbamos atados hizo todo lo demás: nos elevó, deshizo nuestras limitaciones, superó nuestro peso, venció la gravedad, y quedamos allí, suspendidos, volando como los pájaros, felices, ligeros, con la absoluta certeza de que los problemas —si los hubo alguna vez— se habían quedado todos allá, al borde de la montaña, incapaces de alcanzar nuestro estado alucinante. Allí, en el aire, no había preocupación, ni miedos, tal vez no había siquiera muchos pensamientos.

Los primeros segundos fueron para mí de total conmoción: era demasiado hermoso todo aquello que veía: abajo el mar azul, a un lado el verdor de la Pedra da Gávea, sobre nosotros el sol radiante, lejos, muy lejos, la gente diminuta seguía cada cual su propio ritmo. Y yo allí, libre madre mía, ¡libre!, lejos de las cuatro paredes que siempre me causan cierta claustrofobia, con el sonido del viento enloquecido chiflándome en los oídos, identificando de pronto, por allá, al Morro Dois Irmãos, a la favela Rocinha, al Pan de Azúcar, y después, distante pero inconfundible, ¡Mira!, exclamé: el Cristo Redentor. No puedo negar que los ojos se me humedecieron ante tanta belleza, ante semejante sensación de libertad, de bienestar, de dicha. Allí agradecí la salud que me permitía vivir tal experiencia, la vista buena que no me dejaba perder detalle, los sentidos, todos activados, diligentes registrando cada pormenor. Tenías que verme, vieja, no dejaba de sonreír. Carpe diem, pensé, sí, disfruta el momento, vive el momento, y respiré hondo, y me solté, abrí los brazos. Así es que me gusta la vida, a cielo abierto. Amo mi trabajo, madre, y allá arriba, volando a quinientos metros sobre el suelo, conseguí una de mis oficinas preferidas.

Unos diez minutos después aterrizamos en la arena de la playa São Conrado. Todavía en ese momento me sentía incapaz de reaccionar ante las maravillas que había visto. Paulo, el instructor, él ha volado más de veinte mil veces. Para él era cosa de rutina. Para mí, una aventura que espero no perder jamás entre las rendijas traicioneras de la memoria.

Pasé el resto del día tendido al sol magnífico sobre la arena. Iba un rato al agua, me daba un chapuzón y volvía a salir. Regresé muy tarde al hostal, y apenas llegué unos nuevos amigos me invitaron a tomar un trago en Santa Teresa, una zona encantadora y llena de bares y restaurantes. Así que salí con ellos y volví muy tarde, serían quizá las tres de la mañana… en el camino de regreso me pasó otra cosa insólita… mañana te la cuento para no cambiar el tema de esta carta…

Lo cierto es que, cuando por fin me acosté después de una jornada perfecta, comprendí al pobre Ícaro que, emocionado ante el milagro supremo de haber volado, ignoró las recomendaciones de su padre y se dejó llevar hasta las alturas prohibidas, donde el calor del sol no demoró en achicharrar la fragilidad de sus alas. Entonces cayó en picada indetenible en el mar, donde murió ahogado. Honestamente, madre, es muy probable que yo, siendo Ícaro, hubiera cometido la misma imprudencia. Es que, dígame usted, ¿para qué caminar cuando ya podemos volar?

Bueno mi vieja, quédate tranqui que sigo intacto.

Te mando un beso: ¡te lo mando volando!

Con amor,

Tu hijo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s