Me comí una piedra


Madre,

¡Te tengo abandonada! Sorry! Sabes que a veces me pierdo en mis viajes, así como el gato de Alicia en el País de las Maravillas, que aparece y desaparece a cada tanto.

Estoy bien, muuuuuy bien. He disfrutado Río como no tienes idea. La última vez que te escribí fue el sábado pasado, y te decía, después de haber volado en primera clase desde Lima, que los tíos de Paola me estaban tratando como a un rey. Pues así fue durante todo el fin de semana. Ese mismo sábado me llevaron a un concierto de la Orquesta Sinfónica Brasileira en el Teatro Municipal, y fue extraordinario. Había un pianista invitado desde São Paulo y el tipo era genial. A veces me gusta pensar que el oficio del escritor es como el del pianista, porque trabaja con sus manos sobre teclas y a partir de allí crea sonidos, que en la música son notas y melodías, y que en esta profesión nuestra hace palabras.

El teatro, para contarte brevemente, es maravilloso, una obra de arte en sí misma. Es evidente que fue inspirado en la Ópera de París, y da gusto reconocer que está en América Latina. Los mosaicos del suelo y las paredes, los frescos del techo, los candelabros de bronce, las esculturas de mármol, las escaleras de piedra, y la lámpara gigantesca dentro de la sala… todo es impresionante.

Al día siguiente almorzamos en un lugar llamado A Mineira, donde sirven comida típica de la región de Minas Gerais. Pues te digo que no sabía que la gastronomía brasileña fuese tan abundante. Carne seca, feijoada, pan de queso, rabo de toro, más feijoada, costilla de cerdo, de tomar una cerveza negra excelente, y de postre pie de parchita, quesillo, dulce de leche, queso con jalea de guayaba. Como ya te imaginarás, después de semejante papa no he hecho sino correr 5 Km todos los días. Y eso ha sido otra delicia: salir a correr cada tarde por las costas de Copacabana. Es que, como bien lo prometí, desde el lunes no he salido de la playa. Ese día lo pasé en Copacabana, el martes en Ipanema, y ayer miércoles paseé un rato por Leblón. Todas son magníficas. Y cada tarde me uno a la multitud de deportistas que trotan, andan en bicicleta, patines y patinetas por el paseo aeróbico junto a la playa. Y cada quinientos metros hay aplicaciones con barras para que uno haga ejercicios. Es ejemplar la forma como el gobierno de Río de Janeiro  ha invertido para incentivar el deporte y bienestar entre sus habitantes.

Ahora bien, no todo ha sido perfecto. El lunes, con el afán de estar en forma tras el fin de semana de mucha comida, decidí cenar frutas, algo ligero pues. Compré en una frutería y me senté en la playa a comer. Bueno, creo que compré demasiado: dos cambures, dos manzanas, medio kilo de lechoza y una manga. ¡Pfff! Aquello me cayó como una piedra. No sé si fue que lavé mal las frutas, pero me dio una indigestión que me mandó directo a la cama y pasé la noche con ese estómago inflado y tenso como tambor de barloventeño, así como mi papá en sus mejores tiempos. Al otro día amanecí más o menos, y todavía hoy siento cierta molestia. No sé si será el agua de acá que me cae rara.

Algo que he disfrutado mucho en estos primeros días es caminar por la costa. Solo, tranquilo, sin prisas, dejando que fuera de la arena las cosas sigan su ritmo atropellado. Por fin, como me sucede con frecuencia en cada viaje, consigo el momento para pensar, para encontrarme con mis ideas, para tomar decisiones. Y me doy cuenta de que mucha gente pareciera hacer lo mismo. No creerías cuántas personas andan caminando solas por las playas de Río. Al principio pensé que era una muestra de la soledad en que vivimos, pero luego, cuando yo mismo era uno más andando en su propia isla, comprendí que aquella orilla ante el Atlántico era también un espacio secreto para la reflexión, como un larguísimo pasillo de introspección.

Bueno, algo que no te he dicho es que desde el lunes me fui a un hostal en la playa. Con los tíos la pasé increíblemente bien, pero, además de que esto es parte del trabajo que he venido a hacer, me permite estar más cerca del mar. El sitio se llama Copa Hostel y queda a 200 metros de Copacabana. Genial estar a dos pasos de este lugar tan especial.

Pero hoy justamente me he venido a Oztel, en Botafogo. Nunca tan espiritual, créeme que ahora estoy realmente a los pies del Cristo Redentor. Si me muevo cinco metros desde aquí, desde donde te escribo en la terraza, puedo ver el enorme símbolo de Río con sus brazos abiertos. Mañana comenzaré a recorrer esta parte de la ciudad, porque hoy… bueno, hoy me voy a visitar la favela Dona Marta. Pero no te preocupes, primero entrevistaré a un comandante de la Policía Pacificadora de Río, y luego algunos funcionarios me acompañarán para que recorra el barrio y tome fotos a mi antojo. El día está bonito, de modo que espero lograr algunas buenas panorámicas sobre la ciudad.

Te dejo por lo pronto, madre bella, porque tengo que almorzar para irme a trabajar. ¿Ves? ¡Y la gente dice que yo ando paseando!

Aquí te mandé una foto para que veas un poquito de lo que vi ayer.

Te amo mucho, y saludos a Dianita,

Johan

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s