Atardecer en Kukenán


Tepui Kukenán

Marzo 2008. Nunca había tenido mejor plan para una Semana Santa: ascendería por primera vez el Monte Roraima, la montaña que inspiró a Sir Arthur Conan Doyle a escribir uno de los clásicos de la literatura contemporánea: El Mundo Perdido. Origen de mitos y toda clase de interpretaciones sagradas, este tepui es cautivador como pocos y atrae a montañistas y exploradores de todas partes del mundo. La idea de sumergirme en la sabana para alcanzar sus riscos imponentes y superarlos hasta la cumbre me resultaba, francamente, una empresa extraordinaria, ese cuento que echará el abuelo una y otra vez para siempre, una historia soñada. Llegué a Santa Elena de Uairén, en la frontera entre Venezuela y Brasil, con desbordada emoción y un morral repleto de todo lo que no iba a necesitar (con el tiempo he aprendido a empacar sólo lo indispensable, especialmente cuando se trata de hacer trekking). Debíamos partir un domingo en la mañana, la ansiedad casi no me dejó dormir. Al día siguiente hubo demoras en los preparativos de último minuto: cargar las cosas en los carros que nos transportarían hasta Paraitepui, el sitio donde comenzaba la caminata de siete días, duró una pesada eternidad. Lo cierto es que salimos casi a mediodía, y una hora y media después estábamos en el puesto del guarda parques arreglando los detalles burocráticos, llenar algún formulario mal fotocopiado, anotar nuestros nombres en una lista, firmar un documento donde hacíamos constar que nadie era responsable si nos comía un tigre o nos desmembrábamos en un barranco. De pronto, cuando afinaban los últimos pormenores, un guardia alzó la voz: Epa, este grupo no tiene permiso para salir. Resulta ser que la agencia, peor organizada de lo que parecía, había olvidado solicitar la imprescindible autorización para que pudiéramos entrar a esta zona del Parque Nacional Canaima. Desde la oficina y carraspeando por un walkie talkie barato, el dueño de la agencia evadió la culpa y a fin de cuentas, tras ruegos y promesas a los santos de nuestra parte, los guardias no accedieron sino a otorgarnos el permiso para comenzar el viaje al día siguiente. De modo que eran las 2 pm y lo que debía ser el día 1 de nuestra aventura quedaba reducido a una frustrante jornada de espera. Pronto nos relajamos admirando el paisaje, charlando con los demás turistas, divagando en las primeras conversaciones de algunas amistades que todavía hoy perduran. Con las horas, algunos nos perdimos en la meditación o la lectura. De pronto, serían las cinco y media de aquel domingo, sentado en una colina hundido en las páginas de un libro, levanté la vista y descubrí ante mí uno de los paisajes más insólitos que hayan visto mis ojos. Era como un cuadro de Turner, con esas luces tan vivas, tan poderosas, iluminando en la distancia unas paredes que entonces se tornaban amarillas, naranjas, y luego violetas. Unas nubes danzaban sobre los tepuyes vecinos, mientras aquel, el Kukenán, era bañado por un chorro celestial como el que suele señalar a los elegidos por la providencia. Tomé todas las fotos que pude, miré tanto como me fue posible mientras se consumían los segundos finales de un día que, después de todo y gracias al negligente, nos permitió reposar los ojos sobre un paisaje único, magnífico e inolvidable, de modo que el imprevisto retraso terminó convertido en una sublime contemplación.

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