Mamá, volé en primera


Querida madre,

Ya llegué a Río de Janeiro. Apenas ha pasado un día desde que salí de Caracas pero te confieso que ya siento que tengo como dos semanas viajando. Me han pasado tantas cosas maravillosas que no sé por dónde comenzar esta carta. Bueno, te digo rapidín que despegamos de Maiquetía ayer a las 6 am, y a esa hora no había juntado los ojos en toda la noche. Traté de dormir las primeras horas de vuelo, pero había en el asiento detrás del mío un tipo que hablaba a gritos con su hijo y me espantaba el sueño. Sin embargo, tras el desayuno minúsculo de Taca caí como un yunque en mi asiento mientras el sol me quemaba la cara dormida a través de la ventana. Desperté cuando anunciaron que estábamos llegando a Lima. Abrí los ojos y afuera hacia un día excelente, el cielo azul, el sol incandescente, y me alegré pues era promesa de buenas fotos una vez comenzara a recorrer la ciudad, pero tras despabilarme me di cuenta de que bajo nosotros no estaba la urbe extendida sino un grueso manto de nubes, llano y denso como una selva de algodón. O sea, a las calles de aquella capital no llegaba ni el menor resplandor, todo debía estar gris.

Apenas salí del aeropuerto me encontré con un gran amigo, César, quien había quedado en recogerme y acompañarme en este día fugaz en Perú. Fue grandioso vernos de nuevo, siempre da un gusto enorme encontrar a los amigos. Desayunamos en el Larcomar, un centro comercial muy bonito incrustado en un morro frente al monumental y frío Océano Pacífico. Luego recorrimos Miraflores, la zona chic de la ciudad al borde del mar, y finalmente nos dejamos llevar por las calles del centro histórico, que en realidad era lo que venía a hacer. Te confieso, vieja, que si antes amaba Perú, ahora lo amo más. Lima es encantadora, sus calles llenas de balcones de madera tallada hace tres siglos, su docena de iglesias coloniales, el monumento a Miguel Grau, el caballero de los mares, el peruano del milenio, cuya historia me paró los pelos y me llenó de inspiración. Aunque hay en el casco histórico algunas construcciones sin restaurar, como confiadas al cuidado de la desidia, debo reconocer que no me dejaron en los ojos la amarga impresión de la triste decadencia, sino la de la poética, una decadencia que bien podría adoptar una escena del cine, o un episodio de la literatura. Además, caminar por Lima, por sus calles viejas, da la sensación de andar recorriendo la ruta del joven Vargas Llosa, desandando las esquinas donde César Vallejo se confrontaba ante lo supremo reclamando: “Si tú hubieras sido hombre, hoy sabrías ser Dios”, y es que al fin y al cabo, “hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”.

A media tarde almorzamos, claro está, ¡cebichito! No había Cuzqueña, así que debimos acompañarlo con otra marca llamada Cristal. Estuvo delicioso, incluyendo el pedazo de rocoto —un picante que pica como el fuego— que me tragué pensando que era una rodaja de pimentón. A las 6 pm César y yo nos despedimos de nuevo en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Un fuerte abrazo y un hasta pronto, porque uno siente en lo profundo que siempre habrá tiempo para volver a ver a los amigos. Quedaban casi cuatro horas para tomar mi vuelo a Río, así que recurrí a la carta segura con que desde hace rato aniquilo las esperas de aeropuerto: el bendito Priority Pass. De modo que entré en la sala VIP, a la que quería volver desde hace tiempo pues precisamente ésta ganó el premio al Mejor Lounge del Mundo en 2010. Y de veras que es muy buena. Yo sé que un pisco sour habría sido más adecuado para la ocasión, pero adoro el Chandon y pensé que era el final perfecto para brindar por un día tan divertido en Perú. Al final el vuelo se retrasó un poco y hubo tiempo, además de los tres cavas que ya me había jalado, para pedir un par de piscos adicionales pues sentía que era correcto hacerle justicia a este país y no dejarlo sin antes tomarme su coctel predilecto.

Quizá por culpa de esos traguitos fui el último en subir al avión. Buscaba mi asiento económico cuando de pronto, sorpresivamente, dijeron mi nombre por los altavoces de la aeronave: que me acercara a la puerta, por favor. Así lo hice y el hombre que dio el anuncio me sonrió y me dijo: ¡Qué bueno que llegó! ¡Lo estábamos esperando señor Ramírez! Bienvenido a clase ejecutiva. Madre, de verdad que tuve que hacer un esfuerzo por contener la risa. ¿Clase ejecutiva? ¡Un momentico, aquí tiene que haber una equivocación! Jajajjaja. Me quedé callado y correspondí como Dios manda: Muchas gracias, por poco y no alcanzo a llegar. Jajajjaja. Me senté en mi butaca ancha y acolchada, quedaba casi medio asiento libre: parecía estar hecho para los aposentos de una cubana. En seguida se acercó la aeromoza: ¿Qué desea como bebida de bienvenida, señor Ramírez: agua, jugo de naranja, o champaña? Agua por favor. ¡Jajajajjaja! ¡Mentiraaaaaa! Volví a corresponder de acuerdo a la altura con que me trataban: Champaña, si es tan amable. Medio minuto después sonreía mirando las burbujitas que enloquecían en mi copa. ¡Me tenías que ver, madrecita! Era como esas cosas que le pasan a Mr. Bean. No resistí la tentación y eché una mirada al resto de mortales que se apretujaba en la clase económica, que desde aquel trono se veía más pequeña e incómoda que nunca, y entonces me di licencia para un chiste interno: ¡Por Dios, no sé cómo hay gente que puede volar en esas condiciones!

Despegamos, y nunca alzar el vuelo había sido tan suave y ligero, era como si aquella butacota tuviera un par de amortiguadores en cada pata. El piloto interrumpió para informar que el vuelo sería de cuatro horas y media y yo estuve a punto de gritarle: ¡Tan poquito! Es que estando en primera clase no me molestaba ir a México para devolverme el mismo día. No, yo quería un vuelo largo, ¡ocho horas por lo menos!

Con el aperitivo me tomé un roncito Flor de Caña, uno de los mejores rones del mundo, nicaragüense, éste de 18 años. Con el plato principal —pescado en salsa de jengibre con puré de papas, zanahorias, y un bowl de ensalada César—, preferí un vino blanco. De postre, cuando ya todos en segunda clase debían estar durmiendo codo a codo, yo opté por un pie de limón. ¿Y de digestivo, señor Ramírez? Un amaretto, téngase la bondad.

Luego de campanearlo buen rato, me quité los zapatos, me explayé en aquel sofá cama, largo a largo para vengar todos los agarrotamientos acumulados de los vuelos de mi vida, me arropé con la “mantita”, me puse mi antifaz para que no me molestara la luz del vecino que preparaba una presentación de trabajo en su Mac, y me rendí a pierna tendida en el sueño que traía pospuesto desde la noche anterior en Maiquetía. Desperté cuando la aeromoza me pidió que enderezara mi respaldar pues nos preparábamos para aterrizar. ¡Qué rápido llegamos!, lamenté.

Le di las gracias a todas las aeromozas que nos despedían en la puerta del avión, le agradecí al hombre que dio mi anuncio providencial por los altavoces, y salí entonces repuesto, como nuevo, con las pilas recargadas para devorarme a Río de Janeiro. Un rato después encontré al tío Jonás —que yo llamaré tío pero que en realidad es tío de Paola—, quién me hospedará junto con la tía Del Valle este fin de semana. Apenas llevo un par de horas con ellos y ya me han dado las más nobles atenciones, me tratan como a un rey, y son magníficos conversadores. ¿Y ahora qué crees, madrecita? En un rato saldremos a almorzar y a las 4 pm me han invitado al Teatro Municipal para asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica Brasileira, donde interpretarán piezas de Beethoven, Chopin y mi tocayo Johann Strauss. ¡Y tú sabes cuándo me fascina la música clásica! Así que, como lo ves, este día promete tanto o más que el anterior. Y así son mis viajes siempre, má, una sorpresa constante, un permanente estado de expectación, porque es como si todo lo bueno estuviera siempre a punto de pasarme. ¿Viste que no hay nada de qué preocuparse?

Te amo viejita, cuídate mucho, y no sabes cuánto me habría encantado que también tú hubieses volado conmigo anoche en primera clase. ¡Jajajajaja! ¡Habría sido divertidísimo verte, igual que yo, campaneando tu amaretto después de la súper cena!

Desde Río, la Cidade Maravilhosa, como le dicen, te mando un beso gigante.

Johan

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6 comentarios en “Mamá, volé en primera

  1. Jajajajaja. Excelente Johan. Eres extraordinario, de verdad que tus lecturas se devoran con gran interés. Me imaginé cada cara tuya pidiendo cada trago, jajaja. Que sigan los éxitos!!!

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