¡Volé!


Volando sobre el Río Chama“¡Corre!”, grita el instructor. Yo corro, tres, cuatro, cinco pasos, y llego al borde de la montaña. El sexto paso va al aire, y se acaba el tiempo para dudar. Levanto el otro pie, y me despego de la tierra. La sensación es muy extraña, pues por primera vez en mi vida, insólitamente, venzo la fuerza de gravedad. En lugar de caer estrepitosamente, mi cuerpo se eleva, mis piernas se liberan de toda carga, quedo suspendido, flotando en la nada.

La certidumbre de ser libre me embarga. La idea de no tener límites me conmueve. La adrenalina se hace presente. Un grito de alegría, y dos más de emoción rompen el silencio de mi primer vuelo en parapente.

Quizá han pasado quince segundos, pero siento que tengo rato en el aire. “Siéntate”, dice el instructor. Yo me apoyo en una pequeña silla de lona, como me enseñó en tierra, y me siento. Entonces comienza un suave vaivén de derecha a izquierda, y viceversa. Estamos planeando sobre el viento. “Así hacen los pájaros”, me indica.

En efecto, me sentía ya como uno, deslizándome sobre el aire en zigzag. El viento sopla con fuerza y silba en los oídos un rumor delicado, mientras la adrenalina sede paso a la contemplación. Vemos en la distancia los pueblos de San Rafael y el Páramo de La Culata. En frente, la meseta con la apacible Mérida; y justo bajo nosotros, el ancho cauce del Río Chama.

“Por cada siete metros que planeamos, descendemos uno”, me dijo el instructor. Y de hecho, uno puede sentir el vuelo en línea recta, y luego una leve caída, de nuevo el vuelo recto, y otra vez una suave caída. Tras un rato, uno se habitúa a la sensación, a la sensación de ser un pájaro. Volteas de un lado a otro, con la visión única de las aves. Divisas un chivo, un roedor, otro pájaro, una fruta que cuelga de un árbol… sólo miras.

A medida que el vuelo continúa, se marchan las preocupaciones e inquietudes de la vida diaria. La ansiedad, el temor, y los nervios previos al salto, desaparecen. Uno se siente realmente cómodo y seguro. Las vistas aéreas, lógicamente, espantan toda distracción, y ya no importa la llamada telefónica que no hice, o el correo que debo enviar.

Entonces la imagen de los otros parapentistas cruzándose frente a mí, se volvió absolutamente inolvidable. Eran los cómplices de una experiencia única, fabulosa, una que no debería faltar en la vida de nadie.

Descendíamos con sutileza desde una altura de mil metros. Parecía mentira que sólo éramos sostenidos por unas cuerdas y una suerte de colchón de aire. Por supuesto, hay una gran sensación de vulnerabilidad. Uno está indefenso en medio de aquel paisaje enorme, emulando la gracia de las aves, pero sin duda, no siendo más que un hombre que sólo sabe caminar, y que pretende por un rato burlar su propia naturaleza.

Pero el vuelo en parapente lo justifica. Esos treinta minutos dejándose llevar por el viento son suficientes para comprobar que el riesgo tomado valió la pena. A fin de cuentas, jamás sentí algún peligro, sólo la emoción y el nerviosismo de quien vive una aventura para contar.

Tras un largo descenso, el instructor me dijo “Agárrate, que vamos a hacer unas piruetas”. Lo siguiente fue muy parecido al clímax de una montaña rusa. Bajábamos vertiginosamente en forma de espiral. Ahora la contemplación se marchaba de un soplo y regresaba la adrenalina aumentada mil veces.

Todo era muy rápido. Primero estábamos sobre el Río Chama, y en un par de segundos cruzábamos como un rayo la transitada autopista que va hacia el Zulia. Por fin retomamos la calma, y nos dispusimos a aterrizar. “Párate”, me dijo el instructor. Nos acercábamos al suelo cada vez más. Era un baldío terreno que nos serviría como pista de llegada. Ahora me sentía como un avión, esperando tocar tierra para correr algunos metros antes de detenerme.

Y pisé firme de nuevo, ya lo extrañaba. Pero aterrizar, así nada más, no era lo que más quería en ese momento. Todos los parapentistas de esa mañana éramos presas de la euforia. Uno llega acelerado, con ganas de correr, nadar, seguir volando, seguir venciendo los límites humanos. Quizá era eso, quizá queríamos no ser humanos por otro rato, para seguir siendo (o seguirnos sintiendo, por lo menos), como los audaces pájaros que cruzan el cielo a su antojo.

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6 comentarios en “¡Volé!

  1. hola johan!! no puedo dejar de comentarte, que me encanto tu experiencia, me hicistes tambien volaaar!! jajajajaja un gran abrazo saludos

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  2. Johan eres un pájaro audaz que vola entre la realidad e la creatividad, un volador que trae de cielo para la tierra relatos magicos …muchas gracías por la inspiracíon…ahora tengo que dejar de escribir in mi “notebook” – de papel – e criar algo como tu blog…
    Gracias grande…

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  3. Nelvino! Qué alegría tan grande leer tu mensaje!!! Gracias por el halago, y te doy mi palabra de que si creas tu propio blog, seré tu fiel lector, siempre que no escribas en portugués!!! En ese caso me conformaré con mirar las fotos! Un abrazo amigo! Y merci again!

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    1. Eres un hombre listo, que puede aprender todo, entonces que aprender el Portugues puede ser prossimo obiettivo…En 2008 yo decia a una amiga chilena “entiendo pero non hablo”e mi amiga contestaba “Nelvino, cuando empezas a hablar”
      Siguo non hablando e escribiendo muy bien, pero ahora, después de haber leído algunos libros en castellano, ya ablo un poco e entiendo muy bien – modestia a parte”
      Te propongo este desafio amigo 🙂
      Prend soin mon pote 🙂

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