Noruega y civismo, valga la redundancia


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Es uno de los lugares con mayor calidad de vida en el mundo. Uno de los países más seguros para vivir, con ciudades donde el orden es regla inquebrantable, y donde la crisis, ni siquiera durante los picos más altos, ha logrado impactar la economía de forma determinante, pues mientras naciones como España, Italia o Grecia se debilitan, Noruega mantiene desde hace treinta años —entre otras cosas—, la primera posición en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.

Oslo, en el sur del país y a orillas del Mar del Norte, es un claro ejemplo de cómo funciona Noruega en la vida diaria. La ciudad, impecable y silenciosa, ordenada meticulosamente, sin fisuras, sin fachadas descascaradas, sin el claxon desmedido de algún impaciente conductor, es un canto a la civilización. Posee un sistema de transporte moderno y práctico, con un metro a veces futurista, veloz, puntual, de trenes espaciosos y pantallas digitales, con transferencias sencillas de seguir y pasillos tan habituados a la limpieza que aún una colilla de cigarro tirada en el suelo provoca el reproche de algún ciudadano.

Con un elevado porcentaje de la población bilingüe (noruego e inglés), visitar esta joya escandinava es una ocasión para experimentar cómo vive un país desarrollado y con dirigentes honestos e inteligentes, quienes han sabido emplear la riqueza de su industria nacional —¡el petróleo!— para proveer a los noruegos calidad de vida, bienestar y cada vez un mejor porvenir.

Modernidad y modestia

Con algunas orientaciones básicas y mapa en mano, es bastante sencillo moverse por Oslo, capital de Noruega. Incluso hacerlo a pie es fácil, pues muchos de sus atractivos turísticos se encuentran casi en la misma región de la ciudad. Hay una gran avenida que marca la distribución del centro de la urbe, la Karl Johans Street, que comienza casi en la Estación Central y termina con el Palacio Real en lo alto de una ligera pero larga colina.

Del lado derecho de esta vía (en dirección al Palacio) se encuentra una variedad de tiendas para hacer shopping, desde boutiques reconocidas hasta marcas propias del mercado noruego. Algunos cafés se extienden sobre la calzada, restaurantes y unos cuantos edificios de oficinas. Del otro costado, en cambio, una hilera de árboles llena de verdor el espacio durante la primavera y el “verano” nórdico, usualmente corto y frío (por eso el uso de las comillas).

Hacia ambos costados de esta avenida se abre el resto de la ciudad, con calles y bulevares diversos, unos más interesantes que otros, que van conduciendo hacia las orillas del mar helado. El Palacio Real, en tanto, es una construcción modesta, nada suntuosa, sin dorados fulgurantes ni esculturas talladas en la fachada, sin leones de bronce protegiendo la entrada ni musas de mármol coronando reyes ni rejas impresionantes que separan la monarquía del pueblo. Al contrario, es sobrio, de largos muros amarillos y ventanas sencillas, con seis columnas blancas al frente, nada impresionante. Y es que ni siquiera un séquito de guardias de honor presta servicio junto a la puerta principal.

Ópera de mármol

Desde el Palacio Real es posible tomar camino hacia la Fortaleza de Akershus, donde se levanta un castillo de la Edad Media que entonces fungió como residencia del Rey, con su alta muralla del siglo XVII. Desde la encumbrada ubicación de este complejo, se admira una hermosa panorámica del Fiordo de Oslo, lleno de embarcaciones ancladas y botes de pesca navegando sobre sus aguas.

Otro de los infaltables lugares a visitar en la ciudad es el Teatro de la Ópera, una construcción de notable arquitectura moderna, una mole enorme de mármol reluciente y algunas paredes de cristal. Es imponente por su tamaño y contrasta con los teatros clásicos de la Europa vieja, elaborados y recargados de detalles, llenos de relieves y columnas. Acá predominan las líneas rectas y el juego con los ángulos de inclinación de las paredes y los pisos. Lo singular es que en el exterior se puede recorrer la estructura en casi todas direcciones, hasta subir al techo por una empinada cuesta también de mármol, desde donde se percibe la irreverencia del diseño de Snohetta, estudio de arquitectura responsable de la obra.

Finalmente, otro de los símbolos de Oslo es el Parque de las Esculturas Vigeland, creado en 1907 como un encargo del Ayuntamiento de Oslo al artista Gustav Vigeland. Tiene una extensión de 32 hectáreas, y cuenta con un centenar de esculturas, todas impactantes, conmovedoras y elaboradas por el mismo creador. Hombres peleando, parejas abrazándose, niñas jugando y —quizá la más famosa— un niño muy pequeño que llora intensamente (el Sinnataggen, o “chico con rabieta”). Pero sucedió que una noche, al amparo de la oscuridad, algún vándalo osó cortar con una sierra la mano izquierda de la figura, lo que suscitó indignación en todo el país. Las autoridades no tuvieron otro remedio que sustituir la parte robada por una nueva, que actualmente puede diferenciarse por su color, mucho más dorado que el resto del cuerpo.

Canto a la integridad

El Metro de la ciudad, aliado de todo viajero, es otro claro ejemplo del grado de civismo que ha alcanzado la sociedad noruega. El sistema no tiene ni siquiera torniquetes para regular la entrada de los usuarios, ni taquillas de venta, ni vendedores, ni vigilantes, ni cuerpos de seguridad que velen porque cada persona que ingrese haya, como mínimo, comprado su boleto de viaje. Nadie controla, el sistema noruego confía en que la gente cumplirá la norma como un simple deber moral, como una reacción ciudadana: y no se equivoca: la gente cumple. Cada noruego compra su boleto individual, semanal, mensual o anual para transportarse en el metro de acuerdo con lo establecido. Es un salto abismal hacia el desarrollo de la conciencia y el buen comportamiento. Ciudades como París o Londres, en cambio, aún con el privilegiado lugar que ocupan entre las naciones del llamado Primer Mundo, no han logrado alcanzar ese grado de integridad. En el metro de París, por ejemplo, hay taquillas de venta, torniquetes electrónicos, cámaras de seguridad, vigilantes y controladores vestidos de civil entre la muchedumbre, y aún así un altísimo porcentaje de los usuarios se salta la norma y viaja sin pagar su billete.

No obstante, aunque Noruega pueda parecer una suerte de país ideal, también hay que reconocer sus puntos negativos. El clima es uno de ellos, con temperaturas que descienden muchos grados bajo cero durante el invierno, y un verano que apenas si supera los veinte. La luz es otro de sus contras, pues ésta varía de acuerdo al cambio de estación, con días larguísimos en el verano, con sol hasta pasadas las once de la noche, que se invierte luego cuando llega la nieve y la oscuridad reina a veces hasta por veinte horas cada jornada.

Pero el frío y la luz caprichosa son tolerables hasta cierto punto, sobre todo cuando uno anda de visita, más no así el mayor de sus males: un elevadísimo costo de la vida. Oslo, capital del país, es una de las ciudades más caras del mundo, donde una hamburguesa puede costar dos veces lo que en Madrid, una cerveza tres veces lo que en Praga, y un billete de Metro cuatro veces lo que en Budapest. De modo que al preparar un viaje a este maravilloso destino escandinavo, no sólo empaque sus mejores abrigos, sino también buena parte de sus ahorros.

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